Al inicio del siglo XX, Estados Unidos se encontraba en una fase de profunda transformación que lo encaminó hacia la condición de potencia mundial.
Una potencia emergente
Tras la Guerra Hispano‑estadounidense, el país había ampliado sus territorios y se había consolidado como una nación industrial y económica líder.
Rápida urbanización
La industrialización y la inmigración provocaron una masiva migración del campo a las ciudades.
Una nación de inmigrantes
Millones de europeos y de otras regiones llegaron en busca de oportunidades económicas y libertad religiosa.
Desigualdades sociales y económicas crecientes
La Revolución Industrial generó riqueza, pero también desigualdad, conflictos laborales y el surgimiento de movimientos reformistas de la Era Progresista.
Expansión imperial
Estados Unidos extendió su influencia al adquirir territorios como Hawái, Guam y Filipinas, y al intervenir en América Latina.
Consolidación como potencia global
Participó activamente en asuntos internacionales, interviniendo en Europa durante la Primera Guerra Mundial y apoyando la creación de la Liga de Naciones.
En conjunto, el comienzo del siglo XX marcó una etapa de crecimiento y cambio que sentó las bases del papel dominante de EE. UU. en el escenario mundial en las décadas siguientes.