Figuras Históricas

Leibniz: filósofo, inventor y genio universal

Gottfried Wilhelm Leibniz fue un auténtico cruzador de fronteras científicas. Ideó planes para un submarino, inventó un anemómetro y una calculadora mecánica. Falleció en Hannover el 14 de noviembre de 1716.

Por Patric Seibel

Leibniz se destacó como un intelectual de alto vuelo, incursionando en áreas tan dispares como la teología, la filosofía, la minería, las matemáticas y la historia. A los 20 años obtuvo su doctorado en Derecho y luego sirvió al arzobispo de Mainz y al duque gúlfico Johann Friedrich. Ya entonces ya no era "solo" abogado y diplomático.

Gottfried Wilhelm Leibniz y la armonía divina

Para Leibniz, la idea fundamental era la armonía del mundo. Su visión holística, que hoy consideramos moderna, ya estaba presente hace 300 años. Buscó principios matemáticos en la teología y, a la inversa, creyó en una armonía numérica divina, soñando con una lógica basada en números.

Así nació el sistema binario, base de los programas informáticos actuales, según explica Sonja Schierbaum, filósofa de la Universidad de Hamburgo: "En el plano técnico, Leibniz fue pionero al crear el código binario: 0 representa la nada, aludiendo a la creación ex nihilo de Dios, y 1 simboliza algo que surge de la nada. Su aporte permitió que el conocimiento pudiera digitalizarse sin disputas."

"El mejor de los mundos posibles"

Como filósofo, Leibniz causó sensación e influyó en los pensadores de la Ilustración. Se dedicó intensamente a la teodicea, es decir, a conciliar el sufrimiento humano con la idea de un Dios todopoderoso y benevolente. "En el proceso de creación Dios tuvo que hacer compromisos porque no puede crear algo perfecto; de lo contrario se duplicaría a sí mismo, lo cual es imposible desde el punto de vista del tiempo", comenta Schierbaum.

Leibniz sostenía que, aunque el mundo no es perfecto, cumple dos criterios esenciales: abundancia máxima y armonía. De ahí la famosa fórmula del "mejor de los mundos posibles". "El grado de perfección no depende de que cada cosa sea igualmente perfecta, sino de la visión global. Sólo al sumar todo se percibe la calidad de la creación; habrá cosas mejores y peores", aclara Schierbaum.

Leibniz ridiculizado por Voltaire

Voltaire, alias François‑Marie Arouet, se burló de Leibniz y de sus tesis en la novela "Cándido".

El método de Leibniz, que entrelaza matemáticas y teología, sostiene que los números revelan una lógica subyacente y que, en suma, el mundo es el mejor posible. Esta postura provocó el escarnio de sus contemporáneos, entre ellos el gran pensador francés Voltaire.

Según Schierbaum, el malentendido radica en que Leibniz no pretendía probar que realmente vivimos en el mejor de los mundos posibles, sino demostrar que esa idea es compatible con la omnipotencia y benevolencia divinas.

Todo está preordenado

Leibniz también intervino en el debate sobre la relación entre espíritu y materia. René Descartes había separado cuerpo y mente en sustancias distintas. Leibniz buscó reunificarlas mediante la noción de mónada: la unidad mínima de la materia, dotada de propiedades espirituales, como un programa que contiene virtualmente todo el universo. "Cuando una persona nace, lo que Dios concibió y determinó para ella antes de la creación se despliega. Cada rasgo, acción, pensamiento o incluso su pareja está ya predefinido y coordinado con los demás", explica Schierbaum.

La creación funciona como un DVD: Dios pulsa el botón de "play" y se proyecta una película completa. Si imaginamos este modelo como un programa informático, no estaremos equivocados. "Esa es exactamente la idea; a veces también se habla del espíritu de la máquina, que funciona como una máquina", afirma Schierbaum.

Los problemas y controversias actuales entre neurocientíficos, investigadores de la cognición, psicólogos y filósofos ya encuentran eco en las ideas de Leibniz. Tres siglos después, su valor radica menos en el contenido específico y más en ser una fuente de conceptos y en su capacidad para trascender disciplinariamente.