Introducción
El famoso "Orden de Piedad para los Seres Vivos" (en japonés, Shorui Awa) suele asociarse a la imagen del shogunato Tokugawa diciendo: «¡Protege a los perros! ¡Cuida a los seres vivos!». Esta normativa provocó gran confusión y críticas en la sociedad de la época.
¿Quién fue Tokugawa Tsunayoshi?

Tokugawa Tsunayoshi (1646‑1709) fue el quinto shogun del bakufu Tokugawa. Ascendió al poder tras la muerte sin heredero de su hermano, el cuarto shogun Ietsuna. Educado bajo la influencia confuciana de su padre, el tercer shogun Iemitsu, Tsunayoshi se destacó por su afición a los estudios y su interés por la moralidad pública.
Le han llamado «el shogun de los perros» por la serie de edictos que prohibían matar animales, sobre todo caninos, pero su figura es mucho más compleja que un simple amante de los perros.
El legado de la era Sengoku en la percepción de la vida

Durante el periodo Sengoku (c. 1467‑1600) la violencia era cotidiana; la muerte de enemigos y la práctica del tsujigiri (prueba de la espada sobre extraños) estaban normalizadas. Tras la pacificación Tokugawa, esos valores permanecieron arraigados, y la sociedad siguió tolerando la muerte indiscriminada de personas y animales.
El Decreto de Misericordia buscó, al menos en teoría, romper esa tradición y fomentar una nueva ética que respetara la vida.
Orígenes del Decreto de Misericordia
Una anécdota popular cuenta que un monje, preocupado por la falta de sucesor de Tsunayoshi, le aconsejó: «Como naciste en el año del perro, protege a los perros». Sin embargo, no hay pruebas de que el monje haya estado en Edo, y la historia podría ser un mito posterior.
Lo que sí es cierto es que Tsunayoshi, influido por su preocupación por los niños abandonados, los enfermos y los animales, promulgó una serie de edictos conocidos colectivamente como el Decreto de Misericordia para los Seres Vivos.
Consecuencias y aplicación del decreto
El conjunto no consiste en un solo edicto, sino en 135 normas emitidas a lo largo de 24 años. Cada nuevo edicto reforzaba el anterior, lo que generó una percepción de burocracia interminable.
En la práctica, la aplicación resultó desigual: en zonas rurales la protección era mínima, mientras que en la capital se imponían sanciones severas (desde castigos corporales hasta la exiliación) por violar las normas, aunque en realidad pocos fueron castigados.
El costo de mantener un gran canil de 100 000 perros en Edo (actual Nakano) y alimentar a esos animales generó un fuerte rechazo popular.
Algunas disposiciones del decreto
- Si un perro se pierde, el propietario debe buscarlo exhaustivamente.
- Prohibición de la pesca sin autorización.
- Los cachorros deben estar siempre acompañados por su madre.
- No matar pulgas, mosquitos ni moscas.
- Limitar la carga de los caballos.
- Prohibir la cría y venta de peces y mariscos.
Quienes infringían estas normas podían enfrentar seppuku, prisión o exilio, aunque los registros de castigos reales son escasos.
Legado y conclusión
En su testamento, Tsunayoshi ordenó mantener los edictos, pero diez días después de su muerte fueron abolidos, al igual que el enorme canil. No obstante, su intención de proteger a los niños abandonados y a los enfermos perduró.
El decreto marcó un punto de inflexión en la percepción japonesa de la vida animal; la idea de no matar seres vivos empezó a arraigarse y ha influido en la ética contemporánea.
Como dice el refrán, «el genio se reconoce después de la muerte»: la política de Tsunayoshi fue incomprendida en su tiempo, pero dejó una huella que resonó mucho después.