Las trincheras de la Primera Guerra Mundial fueron excavadas por los propios soldados, quienes utilizaban palas, picos y otras herramientas simples.
El trabajo era sumamente lento y, a menudo, se realizaba bajo el fuego enemigo. En muchas ocasiones, los soldados tenían que cavar durante la noche para evitar ser detectados.
Una trinchera típica tenía alrededor de 2 metros de profundidad y podía extenderse varios kilómetros. Aunque ofrecían protección contra los disparos, eran estrechas, insalubres y con frecuencia se inundaban.