Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi y sus colaboradores sometieron a los judíos a una opresión sistemática que culminó en el Holocausto. Entre las prohibiciones más drásticas se encontraban:
Movilidad restringida
Los judíos no podían desplazarse libremente; necesitaban permisos especiales y, en la práctica, estaban confinados a guetos o áreas designadas, lo que impedía la huida o la búsqueda de refugio.
Educación prohibida
Se les negó el acceso a escuelas, universidades y cualquier institución educativa, impidiéndoles desarrollar sus conocimientos y limitando sus oportunidades.
Propiedad y negocios
Se les prohibió poseer o gestionar comercios, fábricas y otros establecimientos. Además, sus propiedades—viviendas, tierras y bienes—fueron confiscadas o vendidas a precios de escoria sin compensación.
Ejercicio profesional
Los judíos fueron excluidos de profesiones que requerían formación o responsabilidad; la mayoría se vio relegada a trabajos manuales o serviles.
Libertad religiosa
La práctica pública del judaísmo quedó prohibida; sinagogas fueron cerradas o destruidas y los rituales religiosos fueron prohibidos.
Casamientos mixtos
Las uniones entre judíos y no judíos estaban prohibidas, bajo la pretensión nazi de preservar la “pureza aria”.
Participación cívica
Se les negó el derecho al voto, a ocupar cargos públicos y a integrarse en asociaciones culturales o políticas.
Estas restricciones formaron parte de la deshumanización sistemática que llevó al genocidio de millones de judíos.