Pruebas o juicios de Dios
En la Edad Media, a los procesos judiciales que exigían superar pruebas peligrosas se les llamaba ordeños o juicios de Dios. El objetivo era demostrar la inocencia del acusado, y la suerte –ya fuera la Providencia divina, el destino o la diosa Fortuna– jugaba un papel crucial: sin su favor, pasar la prueba resultaba casi imposible.
Principales modalidades
- Duel o desafío: Cada parte designaba a un campeón que, mediante la fuerza, debía hacer valer su causa. En los pueblos germánicos, este combate era aceptado cuando la disputa versaba sobre tierras o dinero.
- Prueba del hierro candente: Al acusado se le entregaba un hierro al rojo vivo y debía sostenerlo durante un tiempo determinado. Si sus manos mostraban quemaduras, se consideraba culpable. Una variante consistía en sumergir un objeto pesado en una olla de agua (o aceite) hirviendo y obligar al acusado a levantarlo sin quemarse.
- Pan y queso: Se obligaba al sospechoso a comer una cantidad determinada de pan y queso. Si era culpable, según la creencia, un ángel apretaría su garganta impidiéndole tragar.
- Prueba del agua: El acusado, atado de manos y pies, era arrojado al río o al mar. Se creía que quien flotaba era culpable, mientras que quien se hundía era inocente, pues el agua supuestamente acogía a los inocentes y rechazaba a los culpables. Esta prueba tenía el inconveniente de que el inocente podía ahogarse, por lo que a menudo se supervisaba cuidadosamente.
