Creación del mundo
Al principio sólo existía el inmenso mar que se extendía hasta el espacio. Sus aguas ondulantes eran acariciadas por una brisa nocturna; aún no había amanecido el sol, ni tierra, ni cielo, ni montañas. No existían hombres, árboles, flores, animales, casas o aldeas. Sólo había soledad, profunda melancolía y el gran Dios Todopoderoso en su gloria.
En esa soledad, Bathala, el Creador supremo, reflexionó sobre lo que necesitaba para perfeccionar su obra. Primero creó a un ser que sería su mensajero y asistente: Dian Masalanta. Después, dio vida a varias deidades menores, los diwatas, cada una dotada del poder y la habilidad de moldear y embellecer los distintos aspectos de la naturaleza.
Con Masalanta a su lado y bajo consejo divino, Bathala emprendió la tarea más trascendental. De un estallido de energía divina surgieron fragmentos de tierra fértil. Dian los recogió mientras Bathala los lanzaba al aire, formando enormes óvulos de barro. Con un fuerte soplo, hizo que uno de esos óvulos, de cáscara dorada‑marrón, flotara como una boya gigante sobre él, suspendido en el aire.
Cuando la mano creadora hizo girar el óvulo, primero lentamente y luego con mayor rapidez, Bathala pronunció la orden mágica: "¡Rompe ahora, gran cáscara!" Un estruendo similar al trueno resonó, y la esfera se partió en dos mitades como la concha de una almeja gigante. Un rayo de luz dorada del sol atravesó la abertura y cayó sobre la superficie del océano.
En ese preciso instante, la luz dorada besó las aguas y la vida surgió. De la inmensidad acuática emergió Balanak, un ser colosal cuyas enormes brazos alcanzaban de polo a polo. Bathala sonrió, complacido con su creación, y nombró a esa nueva tierra de agua "Masadia".
Dian Masalanta, siempre atento, notó una pequeña esfera de luz dorada que flotaba cerca de su mano. La atrapó y, al observarla, vio cómo tomaba la forma de un diminuto ave, delicada y elegante, que trinó como si les deseara buen viaje. "¡Un maya dorado!", exclamó con júbilo divino, y sin querer lo soltó; el ave se elevó al éter.
Enfurecido, Bathala reprendió a su mensajero, le arrebató sus poderes creativos y, para consolarlo, convirtió aquel maya dorado en su símbolo de favor divino. Desde entonces, Dian Masalanta dejó su huella en cada creación, ocultando diminutos mayas dorados de diferentes tamaños dentro de la naturaleza: en los bordes de los pétalos, en una telaraña, bajo el sombrero de un hongo, en la escama de un pez ornamental, sobre una piedra al borde del camino, etc. Estos símbolos representan la bendición de Bathala sobre toda su obra. Cuando descubras uno de esos mayas dorados, agradece al Creador por su favor.