El alegre hombre barbudo con pijama roja no vivía en el Polo Norte. Su cadáver seco fue robado por piratas normandos, y una reina polaca tuvo un papel inesperado en todo el asunto.
Se sabe poco del histórico San Nicolás, el obispo de Mira en la Asia Menor que dio origen al mito comercial y pop‑cultural de Santa Claus. La mayoría de la información disponible se basa en leyendas medievales que lo describen como un santo bizantino, casi un estereotipo caminante.
Se cree que vivió entre los siglos III y IV, pero los datos concretos aparecen varios siglos después, presentándolo como una especie de San Francisco antiguo: un joven de familia acomodada que entrega su fortuna, practica una ascética extrema y muere como mártir, condición indispensable para la santidad en la Edad Media.
El destino postmortem de San Nicolás
Tras su muerte, surgió un culto alrededor de su supuesta tumba en Mira, atrayendo peregrinos de todo el Mediterráneo. Sin embargo, a partir del siglo VII el Imperio Bizantino fue erosionado por los musulmanes; a finales del siglo VIII la ciudad cayó bajo el califato.
Mapa del este del Imperio Romano con la ciudad de Mira señalada.
Según la leyenda, los sarracenos intentaron saquear la tumba, pero por torpeza (o intervención divina) irrumpieron en un mausoleo vecino sin importancia. Este relato simplista sirvió como pretexto para posteriores acontecimientos.
¿Quién salvará al santo?
En la Europa cristiana, cada vez más obsesionada con las reliquias, surgieron clamores para “rescatar” a San Nicolás de los infieles. No fue hasta dos siglos después, cuando la amenaza seléucida volvió a latir, que se tomó acción. Los primeros en moverse fueron representantes de dos ciudades comerciales italianas: Bari y Venecia.
San Nicolás de Mira salvando a los condenados a muerte. Imagen del siglo XIX.
Competencia en el ring
Bari, puerto bajo la llamada “punta del zapato italiano”, era en el siglo X un crisol cultural y un importante centro de comercio. Árabes, griegos, alemanes y, finalmente, normandos, disputaban su control. Fue bajo los normandos que se ideó el plan para secuestrar los restos del santo bizantino.
Venecia, aún una pequeña villa portuaria, buscaba también su camino al poder. Ambas ciudades esperaban que las reliquias atrajeran peregrinos y, con ello, ingresos y prestigio.
El artículo está basado en el libro de Kamil Janicki, Ladies of the Golden Age (Horizon Label 2014). Compra con descuento en empik.com.
El asalto a la tumba enemiga
Según la versión más realista, en la primavera de 1087 marineros barienses, bajo pretexto de ser mercaderes, atracaron en el puerto de Mira, entonces bajo dominio bizantino. Sabían que los venecianos los seguían de cerca, por lo que actuaron con rapidez.
Primero enviaron dos espías que confirmaron que la tumba estaba custodiada por sólo cuatro monjes. Con el camino despejado, desembarcaron cuarenta y siete hombres armados, alegando que, como San Nicolás era el patrono de los navegantes, deseaban rezar en su sepultura.
En la segunda mitad del siglo XI, Bari cayó en manos del normando Roberto Guiscard, cuyo atuendo rojo hacía más parecido al estereotipo de Papá Noel que al verdadero obispo de Mira.
Los monjes custodios, sin temer, mostraron a los invasores dónde reposaban los restos. Los barienses ofrecieron comprar los huesos por 300 monedas de oro; al ser rechazados, los ataron, amordazaron y probablemente golpearon a los religiosos.
Temiendo que los monjes alertaran a la población, los saqueadores rompieron las losas de la tumba, empacaron todo lo que pudieron y se remontaron al barco. En alta mar, verificaron la carga: aunque no era completa, habían conseguido llevarse una parte sustancial de los restos de San Nicolás.
Castillo de Bari, vista contemporánea. La fortaleza se inició poco después de trasladar los restos de San Nicolás a la ciudad (foto de Kamil Janicki).
La llegada triunfal
El 9 de mayo de 1087 la nave arribó al puerto de Bari. Allí los marineros dejaron de ser piratas y se convirtieron en héroes de toda la península. Se empezó de inmediato la construcción de la Basílica de San Nicolás, con un ritmo acelerado. En 1089 el Papa Urbano II depositó solemnemente los restos en una cripta especial, y la iglesia se amplió durante varias décadas.
Aunque su fachada parece una típica románica austera, el interior es una mezcolanza de estilos y materiales bizantinos, pues se erigió sobre el palacio del gobernador bizantino. Así aparecen columnas de distintas alturas y torres de diferentes diseños.
Cripta bajo la basílica donde reposan los restos de San Nicolás (foto: Kamil Janicki).
Quien visita la cripta percibe un auténtico choque cultural: los barienses no solo se llevaron los huesos, sino también el interior de una típica iglesia bizantina de Asia Menor.
El vecino polaco
Hoy, la Basílica de San Nicolás es poco conocida como representante de los reyes polacos, pero durante siglos fue su iglesia de referencia. Allí yace el cuerpo de la reina Bona Sforza, asesinada por sus propios cortesanos en 1557. A finales del siglo XVI su hija, Ana de Jagellón, transformó la basílica en un gran mausoleo en honor a su madre, erigiendo una tumba monumental con esculturas realistas.
En la nave principal se encuentra el mausoleo y la tumba de la reina polaca Bona Sforza (foto de Kamil Janicki).
Durante los siglos siguientes, cada monarca polaco añadió pinturas y obras de arte a la basílica; la dinastía Vasa se reflejaba en los muros, observando a los fieles italianos. A principios del siglo XX, los administradores de la iglesia eliminaron deliberadamente la mayoría de los rastros de la relación italo‑polaca, quedando solo un fragmento del mausoleo.
Aunque gran parte de esa herencia se perdió, el hecho histórico es indiscutible: la reina polaca Bona Sforza sigue siendo la vecina más cercana de San Nicolás, a pocos metros de distancia.
Fuentes
Puede profundizar en la extraordinaria historia de Bari y sus vínculos con Polonia en el libro de Kamil Janicki, Ladies of the Golden Age (Znak Horyzont, 2014). Este artículo se basa en la bibliografía y los materiales recopilados por el autor para esa publicación.