historia historica

Catalina la Grande. Cazadora de espadas

Hace 250 años nadie imaginaba que la inteligencia artificial dominaría el mundo, salvo la propia zarina rusa. Sin vacilar, declaró la guerra a los robots y, según cuenta la leyenda, incluso ejecutó a una máquina demasiado inteligente.

El año es 1777. La zarina Catarina II se sienta a jugar al ajedrez contra un autómata creado por Wolfgang von Kempelen. Ese autómata, un androide con aspecto de pasha turco, se conoce como "El Turco".

Cuando la partida se vuelve desfavorable, el Turco hace trampa y, enfurecido, derriba las piezas del tablero. La corte queda horrorizada: ¡sabotaje! ¡Traición! Von Kempelen palidece ante la amenaza.

La zarina sentencia al androide. El Turco, junto con su escritorio ajedrezado, es arrestado y llevado ante un pelotón de fusilamiento.

Catalina la Grande. Cazadora de espadas

Tarjetas de la película "Le Joueur d'échec" que muestran al Turco y a Catalina II jugando al ajedrez.

Rescate de un oficial polaco

Esta historia aparece en dos películas francesas, "Le Joueur d'échecs" (silente, 1927) y su versión sonora de 1938, basadas en una crónica del siglo XIX.

El famoso ilusionista francés Jean‑Eugène Robert‑Houdin la presentó como prueba, mostrando un boleto que supuestamente certificaba el tour del autómata por Rusia en 1777.

¿Por qué el ilusionista? Porque el propio jugador de ajedrez del Turco era un ingenioso engaño. Según Houdin, un constructor húngaro, von Kempelen, estaba en Rusia cuando un doctor le pidió esconder a un oficial polaco llamado Woroński.

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Jean‑Eugène Robert‑Houdin, cuya fama inspiró el sobrenombre de Houdini.

Woroński había combatido contra el ejército zarista, resultó gravemente herido y perdió ambas piernas. Desde 1776 se ocultó con el doctor y debía abandonar Rusia cuanto antes. Von Kempelen encontró el refugio perfecto: dentro de su máquina, fingiendo ser un jugador automático, pero controlado por un hombre escondido bajo el tablero.

Humillar a la zarina

Woroński dominaba el juego. Gracias a un mecanismo oculto, dirigía con precisión los movimientos del Turco y vencía una y otra vez, viajando por Rusia sin sospechas. Sin embargo, la fama del autómata llegó a los oídos de la zarina, que quiso verlo en persona.

Invitó a Kempelen y su Turco a San Petersburgo. El constructor temía terminar su aventura en Siberia, pero aceptó el riesgo y acudió al palacio.

Junto a él, Woroński, oculto en el interior del Turco, estaba dispuesto a arriesgar su vida para derrotar a la zarina. El inválido, mutilado por la guerra, deseaba dar una lección de humildad a la gobernante rusa. Y lo logró.

¿Un juego real o una fantasía?

El Turco sí existió. Su primera aparición fue en 1769, aunque nunca fue un autómata autónomo: era un truco de espejo y espacio oculto donde se escondían ajedrecistas expertos contratados por el constructor.

Catalina la Grande. Cazadora de espadas

Así lucía y funcionaba el Turco (dominio público).

Von Kempelen instaló un ingenioso sistema de espejos en el cajón del escritorio, creando compartimentos donde podía ocultarse un jugador humano.

La zarina, además, apasionada por las novedades técnicas y los autómatas, coleccionaba piezas extraordinarias: un gran reloj con aves de oro a tamaño real, entre ellas un pavo real, un búho y un gallo. Esa pieza, obra del británico James Cox, fue adquirida en 1781 y hoy se exhibe en el Museo del Hermitage de San Petersburgo.

Catarina misma se convirtió, con el tiempo, en un autómata de joyería: un huevo Fabergé de 1914 la muestra moviéndose sobre una camilla, servida por dos sirvientes negros.

Lo que realmente ocurrió

La versión de Houdin no termina con la ejecución del Turco. En cambio, la zarina quedó fascinada con el autómata y quiso comprarlo (sospechando la presencia de un hombre dentro). Von Kempelen se negó y regresó a Inglaterra.

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Wolfgang von Kempelen, creador del Turco (dominio público).

Verdad y rumor

El constructor húngaro recorrió Europa con su autómata, ganando gran fama. En 1780, en Viena, presentó al Turco al hijo de la zarina, Paweł.

Se rumorea que, más de un siglo después, Napoleón también jugó contra el Turco. En la novela de Waldemar Łysiak, "Szachista", se relata que el emperador intentó hacer trampas y provocó la furia del autómata.

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Recreación contemporánea del Turco (foto: Carafe; CC BY‑SA 3.0).

Estas anécdotas alimentaron la historia del duelo entre la emperatriz rusa y el invento de von Kempelen. El origen del oficial polaco sigue siendo un misterio.

Durante años se creyó que los ejemplares originales del Turco (y sus imitaciones de Maelzel) se habían perdido. En 1945, soldados aliados hallaron una copia en los sótanos de una casa deteriorada de Viena. Quizá algún día descubran la pista del enigmático Woroński.

El ejército de robots

El hilo polaco en la historia del Turco está prácticamente olvidado, al igual que las dos películas francesas en blanco y negro.

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En ellas, el temible mayor ruso Nikolaev, rival de von Kempelen, muere a manos de los "androides" del constructor, vestidos de uniformes y armados con fusiles de bayoneta.

Esto demuestra que los cineastas temían a los humanos‑máquina mucho antes de "Blade Runner" (1982). Quizá pronto veamos un remake de "Le Joueur d'échecs", que seguramente sería un éxito en los cines polacos.

Bibliografía

  1. The Automaton Chess‑Player, The Living Age, No. 784, 4 de junio 1859, pp. 585‑592.
  2. The Automaton Chess‑Player, The National Magazine, vol. 5, pp. 307‑312.
  3. Jerzy Giżycki, Con el ajedrez a través de siglos y países, Sport and Tourism 1960, pp. 117‑124.
  4. Magnus Magnusson, Famosas falsificaciones, estafas y escándalos, Bellona 2008, pp. 206‑223.
  5. Waldemar Łysiak, Szachista [novela], Varsovia 1980, pp. 30‑31.
  6. Robert Löhr, Chess Player [novela], Wydawnictwo Dolnośląskie 2007, pp. 319‑321.
  7. Marek Hołyński, Máquinas como personas, Iskry 1984, pp. 82‑83.