historia historica

Reclutas al matadero: la cruel realidad del soldado del siglo XVIII

Persecución, castigos humillantes y batallas que sólo sobreviven los milagros

El siglo XVIII trajo cierta modernidad al ejército europeo: obligación general de servicio, sistemas de reclutamiento y uniformes estandarizados. Sin embargo, la vida del recluta seguía siendo un infierno.

Servicio vitalicio: botas para toda la vida

Incorporarse al ejército era, a menudo, un castigo para rebeldes y criminales. En Prusia, por ejemplo, se secuestraba a hombres en Polonia para rellenar filas. Hasta finales del siglo XVIII el servicio era de por vida; solo a partir de 1793 en Rusia y 1804 en Austria se introdujo la posibilidad de jubilarse tras unos 25 años, lo que poco alivió la alta mortalidad.

Los reclutas no contaban con cuarteles. En muchos ejércitos, como el ruso (hasta 1874), vivían en tiendas, trincheras o chozas de barro y tenían que conseguir su propio alimento.

La persecución era constante. Los soldados jóvenes sufrían acoso de veteranos, recibían los peores puestos y la peor comida. Los reclutas que no hablaban la lengua del mando, como campesinos polacos en los ejércitos austríaco y ruso, eran especialmente vulnerables. Además, los religiosos ajenos a la fe oficial eran obligados a asistir a servicios de otra confesión.

Penalizaciones más crueles que la muerte

La disciplina draconiana buscaba que el soldado temiera más al sargento que al enemigo. En Prusia, el llamado "drill" perfeccionó métodos de tortura para forzar la obediencia ciega.

Entre los castigos menores se encontraban el "sujeción al cañón", donde el soldado debía permanecer inmóvil sosteniendo mosquetes durante horas, y la "burra de madera", una figura con borde afilado que se clavaba en el perineo mientras el reo cargaba rifles.

El "poste" consistía en atar al prisionero a una estaca alta, dejando que sus pies apenas rozaran el suelo, o hacerlo sobre clavijas puntiagudas. Este método se usó incluso en el siglo XX en algunos ejércitos.

Otros sufrimientos incluían las esposas en mano y pierna, la "pena del tronco" (inmovilizar extremidades con vigas) y la exposición pública del castigo.

Palos y varas: símbolos de la violencia militar

Los sargentos utilizaban varas de madera —conocidas como "cuerdas"— para azotar a los presos inmovilizados. Estas varas llegaron a simbolizar la brutalidad del ejército prusiano y fueron quemadas durante las protestas de la primavera de los pueblos.

El azote con varas podía acompañarse de fustigaciones más severas: los condenados, desnudados hasta la cintura, recibían una bala de mosquete en la boca, estaban encadenados y eran golpeados por filas de soldados con varas mojadas en agua salada. En el ejército ruso se documentaron sentencias de hasta 3.000 latigazos.

Entrenamiento para convertirse en carne de cañón

Los reclutas eran entrenados para mantener el ritmo de marcha, cargar y disparar bajo fuego enemigo. Las formaciones compactas de infantería, con uniformes coloridos y visibles a distancia, facilitaban que la artillería los alcanzara. Las bajas eran gruesas: explosiones que despedazaban cuerpos, desmembramientos y sangrados en el campo.

Solo los grupos que lograban mantener la formación bajo fuego y llegar a la línea enemiga eran considerados soldados bien entrenados.

La crueldad del campo de batalla y la atención médica

Los heridos recibían una atención rudimentaria: extracción rápida de balas, vendajes improvisados y, en muchos casos, amputaciones sin anestesia para detener hemorragias. Todo bajo la luz de velas o antorchas, sin higiene ni cuidados postoperatorios, lo que provocaba altas tasas de infección.

Los soldados incapacitados eran expulsados del ejército y enviados a asilos de inválidos; si no había cupo, terminaban mendigando en las calles de las ciudades europeas. Los que sobrevivían y permanecían sanos regresaban al frente para otra batalla.

Inspiración

Este artículo se inspira en la novela de Albert Sánchez Piñola, Victus. La caída de Barcelona 1714 (Literary Oficyna Noir Sur Blanc, 2018).