El idioma es una característica esencial de la identidad neerlandesa. Ese es el objeto de estudio del ganador del Vidi, Gijsbert Rutten, lingüista de la Universidad de Leiden. Su investigación se centra en el periodo 1750‑1850, una época clave en la que el contexto político‑nacionalista se vuelve prominente, se forman los estados‑nación y surgen intensos debates sobre la lengua en las sociedades literarias. En el siglo XVIII se plantea la pregunta típica de la época: ¿refleja el idioma el carácter de un pueblo?
Aunque tradicionalmente se sitúa el origen del neerlandés estándar en el siglo XVII, con autores como Vondel y Hooft y la traducción de la Biblia de los Estados de 1637, Rutten señala que la uniformidad lingüística sólo se acelera en el siglo XVIII. Entonces la idea se vuelve clara: necesitamos una lengua única para nuestro pueblo.
Sociedades literarias
Esta idea surgió en las sociedades literarias, que dejaron una huella importante en la política del siglo XVIII. Sus miembros a menudo desempeñaban también funciones políticas y muchos habían estudiado en Leiden. La discusión sobre una lengua unitaria fue impulsada, entre otros, por Petrus Weiland y Matthijs Siegenbeek. A comienzos del siglo XIX la cuestión se convirtió en política lingüística oficial: el gobierno decidió que era necesario regular la ortografía y la gramática. Fue Siegenbeek, profesor de neerlandés desde 1797, quien presentó su ortografía en 1804, y Weiland su gramática en 1805.
En la escuela: lo más estándar posible
Rutten quiere usar su beca Vidi para investigar cómo surgió la idea del idioma estándar en el contexto del nacionalismo y, a la vez, cómo se introdujo e impuso, sobre todo en la educación. En aquel tiempo el habla coloquial era el dialecto, mientras que el neerlandés “alto” debía enseñarse en las escuelas, creando una marcada división entre el bajo alemán (el neerlandés de entonces) y la lengua hablada. La hipótesis de Rutten es que los niños fueron instruidos para hablar “tan estándar como fuera posible”.
Para ello recurrirá a fuentes de archivo como libros de texto, revistas para maestros, actas de asociaciones docentes, correspondencia e informes de inspección. Gran parte de este material aún no ha sido investigado, especialmente en zonas fuera de los grandes centros urbanos, donde la diferencia entre el habla coloquial y el estándar era mayor. El caso del frisón es particularmente singular: aún considerado dialecto, sólo se redefiniría como lengua independiente en el siglo XIX gracias al movimiento frisón.
Batalla ortográfica
El tercer proyecto analiza el impacto de la política lingüística del siglo XVIII‑XIX tras la introducción de la ortografía y la gramática oficiales. Aunque fueron decretos gubernamentales y no leyes obligatorias, existía una fuerte recomendación a escuelas y funcionarios para su uso, una situación comparable a la actual obligatoriedad del “Libro Verde” sin sanciones directas.
La polémica que recuerdan de 2005 entre los partidarios del Libro Verde y del Libro Blanco tiene precedentes: ya en el siglo XIX hubo oposición a Siegenbeek, liderada por el círculo literario de Bilderdijk, que defendía su propio sistema ortográfico. En Bélgica también hubo resistencia, y la división política se mantuvo, salvo entre 1815‑1830. Dado que la investigación sobre la política lingüística del siglo XIX está muy desarrollada en los Países Bajos del Sur, Rutten se centra en el norte, donde aún hay mucho por descubrir.