La gran tormenta de octubre de 1852
En el medio de octubre de 1852 una tormenta de magnitud extraordinaria azotó Atenas. El temporal fue tan fuerte que hizo rebosar el cauce que hoy corresponde a la calle Stadiou, arrastrando el puente que la cruzaba y separando la ciudad en dos. El rumor se propagó rápidamente entre los vecinos, generando pánico.
El puente de Stadiou y la zona de Arsakeion
En los primeros años del reinado de Otto, la calle Stadiou era apenas una profunda barranca. El arroyo llamado Voidopnichtis nacía en el Monte Licabeto y se bifurcaba; una rama cruzaba la actual calle Demócrito y la otra la calle Académias, pasando cerca del futuro edificio del Arsakeion. Allí existía otro puente, también arrasado por la corriente, que servía tanto a los estudiantes del Arsakeion como a los atenienses que se dirigían al trabajo.
Muchos de los alumnos femeninos del Arsakeion vivían en el casco antiguo (Plaka‑Monastiraki‑Psiri), mientras que otros residían en Neápolis, el nuevo barrio estudiantil que empezaba a formarse detrás de la Universidad.
Daños en el puerto de El Pireo
Una fuerte perturbación proveniente del oeste de Grecia, acompañada de frentes meteorológicos adversos, alcanzó primero el Pireo con vientos del sur extremadamente violentos. Los árboles fueron arrancados, la iluminación municipal quedó destruida y el puerto sufrió los daños más graves. Esa misma noche, un vapor francés encalló en la costa y el vapor griego «Ludovikos» se hundió. Dos barcos cargados con 15 000 kg de trigo cada uno también se hundieron, dejando el grano flotando sobre la superficie del puerto.

La caída de la columna del templo de Zeus Olímpico
Durante la noche del 14 al 15 de octubre (en el calendario nuevo, 27 de octubre), además de los desastres ya descritos, una de las tres columnas independientes del templo de Zeus Olímpico, situado en el centro de la ciudad, se derrumbó. El suceso fue tan impactante que los atenienses lo usaron como referencia temporal durante décadas, diciendo «la época de la columna».
El académico finlandés Wilhelm Lagus anotó en su diario: «Todo temblaba, incluso dentro de nuestro apartamento. El viento azotaba las chimeneas, las ventanas se rompían y la tormenta rugía toda la noche con una fuerza descomunal».
Dos pilares del Erecteión cayeron simultáneamente. Según relata George Tsokopoulos, toda la población ateniense acudió al sitio y lloró el desafortunado acontecimiento. Días después surgió el debate sobre si la columna caída debía ser restaurada. La reina Amalia consultó al Servicio Arqueológico, pero los arqueólogos Pittakis y Ragavis recomendaron no volver a erigirla, decisión que la monarca aceptó.
Un nacimiento profetizado
Ese mismo día nació Dimitrios G. Kambouroglou en la casa del revolucionario Rigas Palamidis, en la calle Académias, justo en la habitación donde, cuatro años antes (1848), había fallecido el líder maniqueo Petrobeis Mavromichalis. La fecha de nacimiento de Kambouroglou ha sido cuestionada por algunos historiadores, pero él mismo nunca dudó de la coincidencia entre su natalicio y la caída de la columna.
En sus «Memorias de una larga vida» escribió: «Desde que todo comenzó ese día, parece que también empezó mi vida, y soy una de esas pocas personas que no pueden, por mucho que quieran, ocultar sus años».
El poeta Georgios Drosinis, amigo íntimo de Kambouroglou, celebró su octogésimo cumpleaños con el siguiente verso publicado en la revista *Nea Estia* (núm. 141, 1/11/1932):
«En el día en que naciste, la columna cayó.
En su lugar fuiste llamado, ¡alcanzarás el siglo!»
Kambouroglou, en sus memorias, añadió: «Lo que es cierto es que, aunque muchos han visitado la «columna caída», sólo susurra algo para mí. Por eso la visito con frecuencia».

La profecía del monje estilista
La caída de la columna no sólo provocó tristeza por la pérdida de un monumento antiguo, sino que avivó una vieja profecía. Se decía que un monje llamado Calogeros había vivido durante años en las columnas del templo (los estilitas) y había advertido que, si alguna de ellas se caía, una gran calamidad azotaría la ciudad.
Según la escritora inglesa Elizabeth Craven (1786), el asceta subía y bajaba en una cesta atada a una cuerda solo dos veces al día, recibiendo alimentos de los fieles. El viajero francés Louis‑Jacques Lacour describió al ermitaño viviendo durante dieciocho años en el pórtico de la quinta y sexta columna del frontón oriental, recibiendo sus provisiones mediante una polia sin descender.
Durante el dominio otomano hubo varios estilitas, cristianos y musulmanes, que siguieron esta práctica.
Al ver la columna derribada, los atenienses llevaron sacerdotes al sitio y realizaron súplicas para apaciguar la supuesta ira divina.
Consecuencias posteriores
Dos años después, en el verano de 1854, la ocupación francesa del Pireo trajo los primeros casos de cólera. La población recordó la profecía de la columna caída y atribuyó la epidemia al mal augurio. El poeta Valaoritis, en 1874, escribió:
«Incomprensible, ira, cólera de Dios, maldición…
Siempre llegan truenos, terremotos, tormentas…
Y nos hacen caer al suelo, la señal del otro…
Que tenemos alta, visible, grande»
Debate parlamentario
En 1853, el Parlamento griego debatió la reconstrucción de la columna. Tras acalorados intercambios, se aprobó un fondo de 5 000 dracmas para el Servicio Arqueológico con el objetivo de erigirla nuevamente. Algunos diputados argumentaron que dejar la columna en el suelo permitiría una mejor apreciación, pues su presencia en el suelo la hacía más visible para el público.
Un diputado, con tono irónico, concluyó: «Entonces, sabios de Atenas, también deberíamos enterrar el Partenón para admirar de cerca las obras de nuestros antepasados».

Hasta hoy, la columna de mármol permanece tendida en el suelo, quizá para que los griegos contemporáneos la observen mejor y recuerden los misterios y leyendas que la rodean.