Las sociedades de cazadores‑recolectores no desaparecieron por completo; todavía existen grupos como los sentinelenses de las Islas Andamán, los moken del Sudeste Asiático, los san de África del Sur o los hadza de Tanzania. Sin embargo, su número y extensión se han reducido considerablemente frente al auge de las sociedades agrícolas.
Factores que impulsaron su declive
Desarrollo de la agricultura. La producción de alimentos permitió asentamientos permanentes, el surgimiento de comunidades más grandes y complejas, y un aumento de la población que superó al de los cazadores‑recolectores.
Propagación de enfermedades. Las densas poblaciones agrícolas favorecieron la transmisión de enfermedades como la viruela, el sarampión o la malaria, que diezmaron a muchas poblaciones nómadas.
Expansión de imperios. A medida que los estados agrícolas crecían en poder, extendían sus dominios, desplazando o asimilando a los pueblos cazadores‑recolectores.
Demanda de bienes de lujo. La creciente riqueza agrícola generó una demanda de pieles, marfil y especias, lo que incrementó el comercio con los grupos nómadas; sin embargo, los beneficios solían recaer mayormente en las sociedades agrícolas.
Consecuencias de su disminución
El retroceso de los cazadores‑recolectores supone la pérdida de vastos conocimientos tradicionales sobre la naturaleza y la gestión sostenible de los recursos. Además, su presencia contribuye a la conservación de la biodiversidad; al desaparecer, se reducen hábitats críticos para numerosas especies de flora y fauna.