Los vikingos contaban con diferentes tipos de refugios adaptados al clima, al terreno y a los recursos disponibles. A continuación se describen los más habituales.
Casa larga
La vivienda más característica era la casa larga. Se trataba de un edificio alargado y estrecho que podía albergar entre 30 y 100 personas. Su estructura era de madera, con paredes formadas por troncos apilados y un techo cubierto de turba, una capa de tierra y hierba que proporcionaba aislamiento.
Grubenhaus (casa semisubterránea)
El grubenhaus era una construcción semi‑subterránea. Consistía en cavar un hueco en el suelo y cubrirlo con una cubierta de madera o turba. Al estar parcialmente bajo tierra, mantenía una temperatura más estable, lo que lo hacía ideal como refugio invernal.
Tiendas
En los desplazamientos, los vikingos utilizaban tiendas hechas de pieles de animales o telas gruesas. Eran ligeras, fáciles de montar y desmontar, y podían alojar a un pequeño grupo de viajeros durante sus largas travesías.
Otros refugios
Además de los anteriores, también se empleaban cuevas, viviendas excavadas en la roca y casas de sodio (casa de tierra y hierba). La elección dependía de factores como la disponibilidad de madera, la topografía y las condiciones climáticas del lugar.
En resumen, los vikingos supieron adaptar sus viviendas a cualquier entorno, combinando ingenio y los materiales que tenían a su alcance.