Los puritanos mantuvieron una actitud compleja y, a menudo, contradictoria frente a los pueblos nativos de América del Norte. Por un lado, los veían como posibles aliados contra la monarquía inglesa y como futuros conversos al cristianismo; por otro, los consideraban una amenaza a su modo de vida y un obstáculo para su expansión territorial.
Primeros contactos y cooperación
Durante los primeros años de asentamiento, los puritanos establecieron relaciones comerciales con los nativos y, en algunos casos, incluso contrajeron matrimonios mixtos. Estas interacciones iniciales fueron relativamente pacíficas y basadas en intereses mutuos.
El deterioro de las relaciones
A medida que la población puritana creció y sus poblados se expandieron, surgieron tensiones. Los colonos comenzaron a percibir a los nativos como competidores por la tierra y como un peligro para sus costumbres.
La guerra de los Pequot (1637)
El conflicto estalló en 1637 entre los puritanos y la tribu Pequot. La guerra terminó con la casi total aniquilación de los Pequot, lo que reforzó en los colonos la sensación de superioridad y la creencia de ser el pueblo elegido por Dios.
Expansión y conversión
En las décadas siguientes, los puritanos continuaron expandiendo sus asentamientos, desplazando a los nativos de sus territorios. Simultáneamente, intentaron convertir a los indígenas al cristianismo, aunque con escasos resultados.
Situación a finales del siglo XVII
Al final del siglo XVII, Nueva Inglaterra estaba dominada por los puritanos; la mayoría de los pueblos nativos habían sido derrotados, desplazados o reducidos a reservas. La actitud puritana se había consolidado en una mezcla de miedo, hostilidad y desprecio.
Contexto adicional
Este proceso culminó también con la Guerra del Rey Felipe (1675‑1676), que marcó el último gran levantamiento indígena contra la colonización puritana.