Las superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, tuvieron múltiples motivaciones para alimentar el conflicto árabe‑israelí.
Política de poder regional
Ambas potencias vieron el enfrentamiento como una oportunidad para expandir su influencia en Oriente Medio, alineándose con gobiernos locales a través de apoyo militar y económico.
Guerras por poder
El conflicto se transformó en un escenario de guerra por delegación, donde EE. UU. y la URSS utilizaban a sus aliados como sustitutos para evitar un enfrentamiento directo.
Choque ideológico
Se percibió como una lucha entre el capitalismo occidental, respaldado por EE. UU., y el socialismo árabe, apoyado por Moscú, lo que reforzó la asistencia política y doctrinal.
Control de recursos estratégicos
El rico patrimonio petrolero y de gas de la región motivó a las superpotencias a asegurar acceso y ventajas estratégicas mediante su involucramiento.
Ventas y control de armamento
El conflicto también sirvió como mercado para la venta de armas y para ejercer control sobre la proliferación militar en la zona.
En conjunto, la intervención de EE. UU. y la URSS fue compleja y tuvo repercusiones duraderas tanto para el Oriente Medio como para la política mundial.