Introducción
En las sociedades esclavistas, los esclavos que trabajaban dentro de la casa del dueño solían recibir un trato algo más favorable que los que laboraban en el campo. Sin embargo, seguían siendo personas sin libertad y estaban sujetos a los mismos castigos severos.
Ventajas respecto a los esclavos de campo
- Alimentación y vestimenta mejorada: los esclavos domésticos recibían los restos de la mesa del señor, mientras que los de campo se alimentaban principalmente de harina de maíz, frijoles y sobras de carne. Además, se les proporcionaba ropa más adecuada, incluyendo calzado y, en ocasiones, sombreros, a diferencia de los de campo que a menudo trabajaban descalzos y con harapos.
- Vivienda más cómoda: dormían en el ático o el sótano de la vivienda principal, con la posibilidad de encender fuego en sus cuartos. Los esclavos de campo habitaban chozas pequeñas y superpobladas, a menudo sin calefacción.
- Contacto con la familia del señor: podían interactuar con los hijos y, en ocasiones, eran tratados como parte del personal cercano. No obstante, nunca podían sentarse a la mesa con el amo ni su familia, permaneciendo siempre en una posición inferior.
Los límites del “mejor trato”
El hecho de estar dentro de la casa no eximía a los esclavos domésticos de las mismas sanciones que a los de campo. Si desobedecían o cometían alguna falta, podían ser azotados, golpeados o incluso ejecutados, según la gravedad del supuesto delito.
Conclusión
En resumen, aunque los esclavos domésticos disfrutaban de una alimentación, ropa y alojamiento más dignos y tenían mayor cercanía con la familia del propietario, seguían siendo esclavos. Sus derechos eran nulos y cualquier transgresión podía acarrear castigos tan brutales como los aplicados a los esclavos que trabajaban en el campo.