Desde la anexión de Puerto Rico por Estados Unidos en 1898, la isla ha vivido una relación de dependencia que ha marcado profundamente su economía, su vida política y su identidad cultural.
Explotación económica
El gobierno estadounidense tomó el control de la economía puertorriqueña, favoreciendo a empresas americanas que recibieron extensas parcelas de tierra y exenciones fiscales. Mientras tanto, los trabajadores locales fueron obligados a aceptar salarios muy bajos.
Además, se impusieron aranceles a los productos de la isla, dificultando la exportación a mercados internacionales y limitando el desarrollo de la industria local.
Opresión política
Los puertorriqueños fueron privados del derecho al voto y de la posibilidad de ocupar cargos públicos, lo que generó una ausencia de representación real en la toma de decisiones que afectaban su vida cotidiana.
La discriminación y la segregación fueron comunes, y en algunos casos el gobierno estadounidense llegó a realizar esterilizaciones forzadas a mujeres puertorriqueñas sin su consentimiento.
Asimilación cultural
Se promovió la adopción de la cultura estadounidense suprimiendo el idioma y las tradiciones locales. En las escuelas, los niños eran obligados a estudiar inglés y eran castigados por hablar español.
El nacionalismo puertorriqueño fue perseguido, mientras que el patriotismo estadounidense se incentivaba como la única identidad aceptable.
El dominio estadounidense dejó una huella devastadora en Puerto Rico: una economía debilitada, un sistema político represivo y una cultura coartada. Este proceso constituye un claro ejemplo de colonialismo e imperialismo.