Supresión de la rebelión
Fuerza militar: Los incas contaban con un ejército poderoso y disciplinado. Utilizaban armas superiores, tácticas organizadas y la amenaza de violencia para sofocar rápidamente cualquier levantamiento.
Castigos: Las comunidades rebeldes sufrían severas represalias: ejecución de líderes, destrucción de viviendas y esclavitud de los habitantes.
Acuerdo negociado
Concesiones: Para evitar más derramamiento de sangre, los incas podían negociar y ofrecer ciertas concesiones al grupo rebelde.
Autonomía local: En algunos casos permitían que los territorios conquistados conservaran sus costumbres, tradiciones e incluso a sus gobernantes, siempre que reconocieran la autoridad inca y cumplieran sus obligaciones tributarias y de trabajo.
Aumento de la opresión
Represalias intensificadas: Si la rebelión resultaba especialmente peligrosa o prolongada, los incas respondían con una opresión más severa para asegurar la obediencia futura.
Guarniciones y vigilancia: Fortalecían sus guarniciones en la zona y aumentaban la vigilancia para disuadir nuevos levantamientos.
Éxito de la rebelión
Derrocamiento de la autoridad inca: En casos excepcionales, una rebelión bien organizada y sostenida podía lograr la independencia de una región. Esto era más factible en áreas cultural o geográficamente distantes del corazón del imperio y con líderes locales fuertes.
En resumen, la respuesta inca dependía de la magnitud y duración del levantamiento, combinando represión, negociaciones o, en raras ocasiones, concediendo la autonomía.