La moda como amenaza
Los cánones de belleza han cambiado a lo largo de la historia y la ropa ha tenido que seguirles el paso. Mientras el vestuario masculino se simplificó hasta llegar al traje de tres piezas, la indumentaria femenina se volvió cada vez más compleja, llegando a ser peligrosa a mediados del siglo XIX. El ideal de la época exigía busto realzado, cintura imposible gracias al corsé y caderas exageradas con armazones bajo la tela.
Las crinolinas y su tragedia
Al principio se lograba el volumen de la falda con varios enagua de algodón almidonado. Con la competencia por la falda más ancha, se llegaron a usar hasta catorce capas. Para aligerar el peso y el calor, surgieron intentos de inflar la falda con neumáticos de bicicleta o con agua, aunque resultaban poco prácticos. Finalmente, a mediados del siglo XIX en París apareció la crinolina, una estructura tipo jaula que sustituyó a los enaguas.

La arquitectura de las casas se adaptó para permitir el paso de esas enormes jaulas; sentarse en una silla o subir a una carreta se volvió una tarea complicada y, a veces, mortal. El mayor peligro era el riesgo de incendio: chimeneas, cocinas y velas estaban a la orden del día y la crinolina, al ser altamente inflamable, podía prenderse con facilidad. Un anuncio del New York Times de 1858 advertía que esas faldas provocaban en promedio tres muertes semanales. El 8 de diciembre de 1863, más de 2 000 personas murieron en la iglesia de la Compañía de Jesús en Santiago de Chile cuando una vela encendió el altar y la multitud, atrapada por sus crinolinas, no pudo escapar.
En medio de la tragedia, algunas mujeres supieron darle un uso “práctico”: durante la Guerra Civil de EE. UU., las sureñas ocultaban armas y contrabando bajo sus faldas, eludiendo el bloqueo de la Unión.
El “apretador” en los corrales de comedia españoles
En la España del Siglo de Oro (siglos XVI‑XVII) surgió una profesión arriesgada: el apretador o hollador. Los corrales de comedia, primeros teatros permanentes, tenían una zona llamada cazuela donde se sentaban las mujeres de clase popular. Allí, el apretador ayudaba a las mujeres a entrar y salir entre los voluminosos pantalones y faldas de armazón, tarea que se volvió imposible cuando las mujeres empezaron a usar enaguas y crinolinas.

Quevedo, en su soneto Mujer de punto en enagua, describió la extravagancia de esas prendas:
Si eres campana, ¿dónde está el badajo?
Si eres pirámide, ve a Egipto;
Si eres trompo al revés, tráeme una inscripción;
Si eres pan de azúcar, te meteré en Motril.
El corsé: símbolo y martillo
El corsé, del francés corset (diminutivo de corps, cuerpo), fue el emblema del Antiguo Régimen. Desde el siglo XVII hasta gran parte del XVIII, las aristócratas lo usaban para modelar la figura ideal y demostrar su posición social. La rigidez se lograba con ballenas, varillas de metal o madera insertas en la tela.

Con la Revolución Francesa el corsé cayó en desuso, pero volvió a popularizarse en el siglo XIX, ahora entre mujeres de todas las clases y edades. El uso prolongado provocó deformaciones óseas, desplazamiento de órganos y, en casos extremos, desmayos por falta de aire. Ya en 1790 el médico alemán Samuel von Sommering advertía que “el corsé causa graves deformaciones de las costillas”. Estudios de William Wilberforce‑Smith y Robert Latou Dickinson, con más de 1 000 mujeres, mostraron que más del 20 % presentaba reducción de la capacidad pulmonar. Estas dificultades dieron origen a la chaise longue, conocida como “silla de desmayos”, para que las damas pudieran recostarse sin romper sus voluminosas faldas.

Investigaciones recientes de la Clínica Mayo (EE. UU.) confirman los daños del corsé: desplazamiento de órganos, estrés respiratorio, congestión venosa, deformación muscular y alteración de la digestión.
La moda bajo la dictadura franquista
Tras la victoria del bando nacional en la Guerra Civil española, el régimen franquista impuso un control exhaustivo de la vida cotidiana, incluidos los códigos de vestimenta. La mujer debía ser esposa, madre y servidora del país; su vida pública quedó restringida y la Iglesia colaboró en la elaboración de normas de conducta y ropa.
James A. Michener, en Iberia: Spanish Travels and Reflections (1968), citó unas reglas colgadas en la puerta de una iglesia en 1943:
1. No usar vestidos demasiado ajustados en zonas que exciten al hombre.
2. No usar vestidos demasiado cortos.
3. Evitar cortes frontales en la ropa.
4. No llevar mangas cortas en la calle.
5. Llevar medias siempre.
6. Prohibido el uso de ropa transparente o de malla en zonas que la decencia exige cubrir.
7. A los doce años, las niñas deben usar medias y vestidos hasta la rodilla.
8. No caminar solas en lugares remotos.
9. No es decente que una mujer vaya en bicicleta.
10. No es decente que una mujer use pantalones.
11. La danza moderna está prohibida.
Estas imposiciones mostraron cómo la moda dejó de ser expresión individual para convertirse en herramienta de control social.