1. Supresión del Estado católico
Antes de la Revolución, la Iglesia católica estaba estrechamente vinculada al Estado francés y gozaba de un estatus privilegiado: era la religión oficial y sus clérigos recibían salarios del gobierno. Tras la Revolución, se produjo la desestabilización, perdiendo el reconocimiento oficial y el apoyo financiero estatal.
2. Nacionalización de los bienes eclesiásticos
El nuevo régimen confiscó iglesias, monasterios y conventos, vendiendo esos inmuebles para financiar la guerra y redistribuir tierras entre los campesinos.
3. Constitución civil del clero (1790)
La Asamblea Nacional aprobó una ley que pretendía reorganizar la Iglesia bajo control estatal. Exigía que los sacerdotes juraran lealtad al Estado. Muchos se negaron, creando una división entre los “jurados” y los “no jurados”.
4. Persecución durante el Terror (1793‑1794)
Durante el Reino del Terror, el clero y los religiosos fueron objeto de arrestos, encarcelamientos e incluso ejecuciones. Se cerraron o destruyeron numerosos templos.
5. Libertad de culto
Tras la caída de Robespierre, la política se moderó. La Constitución de 1795 garantizó la libertad de culto, permitiendo a católicos y a otras confesiones practicar su fe sin interferencias.
6. Concordato de 1801
Napoleón Bonaparte firmó con el Papa Pío VII el Concordato que restituyó a la Iglesia católica su presencia pública. Reconoció al catolicismo como religión mayoritaria, pero mantuvo al clero bajo supervisión estatal. La Iglesia recuperó algunos privilegios, aunque su poder quedó muy por debajo del nivel pre‑revolucionario.
En conjunto, la Revolución francesa transformó radicalmente la posición de la Iglesia católica: la separó del Estado, confiscó sus bienes, persiguió a su clero y, finalmente, estableció la libertad religiosa, dejando a la institución con una influencia significativamente reducida.