En respuesta, el gobierno británico tomó una serie de medidas para contrarrestar la revolución, entre ellas:
- Declaración de la guerra a Francia en 1793. La guerra duró hasta 1815 y fue uno de los conflictos más costosos y sangrientos de la historia británica.
- Aprobar una serie de leyes represivas para reprimir la disidencia. Estas leyes incluían la Ley de Traición de 1795, que tipificaba como delito hablar o escribir algo crítico con el gobierno o la monarquía.
- Espiar a sus ciudadanos y detener a presuntos revolucionarios sin juicio. El gobierno utilizó una red de espías e informantes para vigilar a sus ciudadanos y erradicar a posibles alborotadores.
- Apoyo a los movimientos contrarrevolucionarios en Francia. El gobierno británico brindó apoyo financiero y militar a varios grupos que se oponían a la revolución, incluidos los rebeldes realistas de Vendée y los Chouans.
La respuesta del gobierno británico a la Revolución Francesa tuvo gran éxito al impedir la propagación de ideas revolucionarias a Gran Bretaña. Sin embargo, también enajenó a muchos ciudadanos británicos que sentían que el gobierno estaba reaccionando exageradamente y suprimiendo sus libertades civiles.