
El papel simbólico de Berlín
Estos acontecimientos fueron cruciales para el futuro. En primer lugar, mostraron que el Kremlin jugaba sus cartas: buscaba el control político de Alemania. En segundo lugar, marcaron el inicio de una alianza entre los gobiernos militares occidentales y las fuerzas liberales democráticas alemanas, una inversión sorprendente respecto a la política anterior, cuando los gobiernos militares occidentales cooperaban con la Unión Soviética en la administración de Berlín y en la "desmilitarización" y "desnazificación" del país. En tercer lugar, convirtieron a Berlín en el punto focal del enfrentamiento Este‑Oeste que se desarrollaría en Alemania.
Una ciudad rodeada de la zona rusa
Aunque Berlín estaba a unos 160 km dentro de la zona soviética, la presencia occidental era principalmente simbólica, y el derecho de acceso de los aliados al enclave dependía de la buena voluntad de los soviéticos.
En otras palabras, Berlín sería el lugar ideal para ejercer presión sobre Occidente si el conflicto escalaba, pero también el escenario de una posible derrota si los aliados no lograban mantener su presencia. Resulta sorprendente, entonces, que el embajador estadounidense en Moscú contemplara la posibilidad de un bloqueo.
Decisiones que moldearon el mapa político
Al comprometerse a apoyar a los partidos políticos "occidentales" en Berlín, las potencias occidentales incrementaron considerablemente sus intereses en la ciudad. Frente al enfrentamiento impuesto por los soviéticos, se vieron obligados a desplegar todas sus fuerzas para permanecer en Berlín.
Sin embargo, en el otoño de 1946 aún estaba lejos la idea de una crisis de tal magnitud. El hecho más significativo tras las elecciones fue la decisión occidental de integrar a la Alemania Occidental en la estructura económica de Europa Occidental.
Esta decisión fue difícil: por un lado, los aliados podían intentar seguir cooperando con la Unión Soviética pese a las dificultades y los escasos beneficios; por otro, podían impulsar la reconstrucción de Alemania desde Occidente, aunque eso dañara sus relaciones con Moscú. Durante los dos años anteriores, los aliados habían entregado a los soviéticos gran parte de la producción industrial de las zonas occidentales como pago parcial de las reparaciones exigidas.
El dilema económico
Si Occidente se quedaba con esa producción para la recuperación alemana, sus relaciones con la URSS se verían gravemente comprometidas. Pero la recuperación de toda Europa occidental dependía de la de Alemania. Resultaba casi imposible que países como Francia, Gran Bretaña o los Países Bajos pudieran, por sí solos, financiar la reconstrucción de sus economías. Así, se presentó una disyuntiva entre mantener la alianza de guerra, cuyo valor se hacía cada vez más difuso, y garantizar la recuperación económica del continente.
El Plan Marshall y la división de Europa
En el verano de 1947 se tomó la decisión. El general Marshall ofreció asistencia financiera estadounidense para la recuperación de toda Europa, incluidas las naciones bajo la esfera de influencia soviética.
Si Stalin hubiese aceptado la propuesta, el "círculo se habría cerrado": la recuperación europea podría haberse llevado a cabo sin perjudicar a la URSS. Pero Stalin, temiendo que el Plan Marshall reforzara la influencia americana, prohibió la participación de todos los países de Europa del Este.
Así, la recuperación de Europa occidental, incluidas las zonas ocupadas, reforzó la división con el Este. La decisión occidental fue comprensible, pero provocó una ruptura definitiva de la unidad alemana y desplazó la "cortina de hierro" hasta el río Elba. Alemania, víctima del antagonismo entre el mundo capitalista y el comunista, se convirtió en el epicentro de la Guerra Fría.