Durante el reinado de Justiniano, el Imperio Bizantino alcanzó su mayor expansión territorial, pero varios problemas internos y externos dificultaron la conservación de esas conquistas.
Invasiones bárbaras
Grupos como los lombardos, ávaros y búlgaros atacaron las fronteras, consumiendo recursos militares y obligando a desviar tropas de otras áreas.
Agotamiento financiero
Las costosas campañas de reconquista de África del Norte e Italia agotaron el tesoro estatal, provocando altos impuestos y descontento popular.
Fronteras sobreextendidas
El vasto territorio, que abarcaba Europa, África del Norte y Oriente Próximo, generó líneas de suministro largas y ejércitos dispersos, vulnerables a rebeliones y ataques.
Conflictos religiosos
Las disputas teológicas, sobre todo la controversia monofisita, dividieron a la población cristiana de Egipto, Siria y Armenia, debilitando la cohesión política.
La peste de Justiniano
La pandemia de peste bubónica a mediados del siglo VI diezmó la población, paralizó la economía y redujo la capacidad militar del imperio.
Sobreextensión imperial
El enorme aparato militar necesario para sostener las campañas generó una presión fiscal insostenible y limitó la inversión en infraestructuras y desarrollo social.
Pérdida de territorios
Muchas de las provincias reconquistadas, como gran parte de Italia y el norte de África, fueron recuperadas por pueblos bárbaros y potencias rivales en décadas posteriores.
Aparición de potencias rivales
El crecimiento del Imperio sasánida en el Este y la presión de los visigodos en la península ibérica desafiaron la hegemonía bizantina y agudizaron la competencia por recursos.