Los inicios de la excavación en Tell Mardikh
En 1964 el equipo de la Universidad La Sapienza de Roma, dirigido por Paolo Matthiae, comenzó a excavar en Tell Mardikh, a 55 km al sureste de Alepo, Siria. Su objetivo era demostrar que Siria albergaba culturas propias en la antigüedad.
Con los años se descubrieron palacios, estatuas, fragmentos de muebles de madera incrustados con nácar, objetos de plata, joyería egipcia y otros hallazgos. En 1968 una estatua de la diosa Ishtar permitió identificar el lugar.
En la escultura apareció una inscripción con el nombre Ibbit‑Lim, rey de Ebla. Así se confirmó que el yacimiento correspondía a la antigua ciudad de Ebla, conocida hasta entonces sólo por menciones en los archivos de Mari (descubiertos en 1933).
Ebla: un centro comercial y político
Los hallazgos situaron a Ebla como una potencia comercial y política desde el tercer hasta mediados del segundo milenio a.C., comparable con Egipto y Mesopotamia.
Fundada a inicios de la Edad del Bronce, alrededor del 3500 a.C., y destruida por los hititas cerca del 1600 a.C., la ciudad mantuvo una extensa red de intercambio que conectaba el norte y este de la Siria actual con Sumeria, Chipre, Egipto y el Próximo Oriente.
El poder recaía en los mercaderes, que elegían a un rey entre sus filas para supervisar la actividad comercial y la defensa, confiada a mercenarios. El rey, electo, estaba controlado por un consejo de ancianos y su autoridad estaba limitada por la reina, influyente tanto en asuntos de Estado como en la religión.
Ebla sobrevivió a una primera destrucción alrededor del 2250 a.C., provocada por los acadios, que incendiaron la ciudad y arrasaron los palacios. Fue abandonada, pero recuperó su esplendor cuatro siglos después, entre 1850 y 1650 a.C., bajo el reinado de Ibbit‑Lim y con la llegada de los amorreos, un pueblo semítico nómada.
La segunda y definitiva destrucción ocurrió entre 1650 y 1600 a.C., a manos del rey hitita Mursili I (o quizás Hattusili I). Después de ello Ebla quedó desierta y olvidada hasta que los arqueólogos la excavaron más de 3 500 años después.
El hallazgo del Palacio G y las tablillas
En 1974 el equipo de Matthiae descubrió, en el llamado Palacio G, dos pequeñas salas adyacentes a una cámara mayor con un podio elevado. Allí yacían más de 20 000 tablillas de arcilla, muchas fragmentadas, con escritura cuneiforme datada entre 2300 y 2250 a.C.
Las tablillas cayeron al suelo cuando las estanterías de madera que las sostenían se incendiaron. Algunas etiquetas de arcilla, también quemadas, ayudaron a ordenarlas en los estantes. El fuego, aunque destruyó el palacio, “coció” las tablillas, preservándolas para la posteridad.
Una sala albergaba registros económicos y administrativos; la otra contenía textos rituales y literarios empleados en la formación de nuevos escribas. El reto era que las tablillas estaban escritas en dos lenguas: sumerio (descifrado por Arno Poebel en 1923) y una lengua completamente desconocida que utilizaba el alfabeto cuneiforme sumerio de forma fonética.
El descubrimiento del eblaíta
Los sumerogramas empleados son signos cuneiformes que representan sonidos en lenguas distintas del sumerio, lo que constituye el primer ejemplo conocido de transcripción fonética. Gracias a listas bilingües presentes en las tablillas, Giovanni Pettinato, epigrafista jefe de la expedición, logró descifrar la lengua desconocida. Reconoció su origen semítico, anterior al ugarítico y al hebreo, y la denominó eblaíta, una lingua franca utilizada por los mercaderes de la región.
El modo en que estaban organizadas las tablillas reveló prácticas archivísticas avanzadas: estaban clasificadas por tema, forma, tamaño y contenido, separadas por fragmentos de arcilla cocida y acompañadas de etiquetas que facilitaban su recuperación. Tales sistemas de catalogación no se habían hallado antes en Mesopotamia.
Lo que revelan los textos
Las tablillas atestiguan la gran importancia comercial de Ebla. Documentan inventarios, relaciones de importación‑exportación y, curiosamente, la producción de varios tipos de cerveza, entre ellos uno llamado precisamente Ebla, que podría ser la primera marca de cerveza conocida.
También aparecen listas de reyes, ordenanzas, edictos y tratados diplomáticos, los más antiguos hallados hasta la fecha. Uno de ellos, el tratado Ebla‑Abarsal (c. 2350 a.C.), establece áreas de influencia, sanciones por incumplimiento y regulaciones sobre el uso del agua.
El legado de las tablillas
Según Robert Hetzron, el conjunto forma el archivo más grande conocido de la Edad del Bronce. Hoy se conservan en museos de Alepo, Damasco e Idlib; la mayoría está digitalizada en el proyecto Ebla Digital Archives de la Universidad Ca' Foscari de Venecia, accesible en línea.
Se sospecha que el gobierno sirio censuró ciertos textos que, según Pettinato, aludían a figuras bíblicas (patriarcas, Yahvé, Sodoma y Gomorra). Tras la polémica, el epigrafista se retractó y, según J.J.M. Roberts, fue retirado del comité encargado de publicar los documentos.