Descubrimientos arqueológicos

Entrevista: cómo, en 1883, seguimos casi en tiempo real la erupción del Krakatoa

Alain Corbin es historiador especializado en la historia de los sentidos y profesor honorario de la Universidad de París I (Sorbona). Respondió a las preguntas de Sciences et Avenir.

Entrevista: cómo, en 1883, seguimos casi en tiempo real la erupción del Krakatoa

Este artículo proviene de la revista Sciences et Avenir – Les Indispensables n.º 206 (julio/septiembre 2021).

El terremoto de Lisboa (1755) como punto de inflexión

Sciences et Avenir: Usted considera que el terremoto de Lisboa, ocurrido el 1 de noviembre de 1755, marcó una fecha clave para las ciencias de la Tierra. ¿Por qué?

Alain Corbin: Fue una catástrofe enorme – sismo, tsunami y un incendio que duró varios días – que cobró al menos 10 000 víctimas. En lugar de atribuirlo solo a la voluntad divina, los académicos comenzaron a buscar explicaciones naturales. Tras el poema de Voltaire (1756) y los ensayos de Holbach y Diderot, el suceso dejó de verse como castigo divino y se empezó a estudiar bajo leyes físicas. Ese mismo año la Academia de Ciencias francesa lanzó una política de estudio sistemático de los sismos, generando un debate con tres teorías predominantes: un fuego subterráneo, la dilatación del aire y, más tarde, la propagación instantánea de un fluido eléctrico en cuerpos conductores.

Conocimientos de la época

En la Ilustración todavía había muchos vacíos. En 1755 los científicos describían el cielo con términos limitados (oscuro, brillante, lluvioso, tormentoso, helado o nevado). Conocían los vientos alisios, pero ignoraban la circulación atmosférica, el origen ni la trayectoria de las tormentas. No fue sino hasta principios del siglo XIX que se comprendió que los fenómenos meteorológicos pueden tener orígenes muy lejanos. En 1802 el británico Luke Howard propuso una nomenclatura de nubes y trató de explicar sus mecanismos de formación y evolución. Las neblinas se consideraban exhalaciones terrestres y la predicción del tiempo seguía siendo dominio de los antiguos, que “leían” el cielo con los sentidos.

Estructura interna de la Tierra

El interior del planeta era aún más desconocido por la falta de sondeos profundos. En el siglo XVIII competían dos teorías: los plutonianos, seguidores de James Hutton, describían la Tierra como una esfera de fuego enfriado que aún albergaba materiales muy calientes; los neptunianos, influenciados por Abraham Gottlob Werner, sostenían que el planeta había sido modelado por los mares.

Exploración de polos y profundidades oceánicas

Los polos permanecieron inexplorados hasta el siglo XX. Algunos académicos, negándose a aceptar que el mar pudiera congelarse, imaginaban un “mar libre” más allá del hielo continental. Numerosas expediciones fracasaron y sus tripulaciones sucumbieron al frío o a los vientos. James Cook, tras la primera circunnavegación de la Antártida (1772‑1775), chocó con los témpanos y concluyó que no existía un continente sólido en el Polo Sur. En cuanto a las profundidades marinas, el conocimiento se limitaba a los pescadores de esponjas que alcanzaban apenas la zona de apnea; la ciencia mostraba una gran reticencia a imaginar mares profundos.

Influencia de la religión

Durante siglos la historia geológica quedó eclipsada por la bíblica. En la tradición cristiana (y, por extensión, en Europa y sus imperios coloniales) la Biblia afirmaba que la Tierra y los cuerpos celestes fueron creados por Dios. En el siglo XVII, el obispo Bossuet dató la edad del planeta en unos 6 000 años. La narrativa del Diluvio, justificada por la maldad humana, persistió incluso en explicaciones científicas mediante teorías diluvianas que atribuían la configuración del planeta a las aguas del “Gran Abismo”. La imaginación popular pobló esos lugares inexplorados con bestias míticas (dragones, unicornios) y los volcánicos fueron asociados al corazón palpitante de la Tierra, como describía Michelet en el siglo XIX.

El auge científico de la década de 1860

Ese periodo combinó varios factores que impulsaron un progreso sin precedentes. Primero, la disminución de referencias bíblicas coincidió con el auge del pensamiento racional y científico heredado de la Ilustración. Segundo, los estados comenzaron a financiar la investigación; por ejemplo, el Observatorio de París puso en marcha, a partir de junio de 1856, una red nacional de telegráfos meteorológicos bajo Napoleón III. Tercero, los avances técnicos fueron decisivos: la meteorología se benefició de lecturas sistemáticas y del intercambio global de datos, lo que permitió cartografiar la atmósfera y seguir masas de aire. En la década de 1860 los globos se convirtieron en dirigibles instrumentados, proporcionando observaciones aéreas que revelaron la estratificación atmosférica (troposfera y estratosfera, obra de Léon Teisserenc de Bort en 1902).

En volcanología, Ferdinand Fouqué, tras estudiar Santorini y las Cícladas, describió en 1866 la formación de conos volcánicos por acumulación de materiales expulsados y propuso la teoría de “líneas de fragilidad” en la corteza terrestre. En glaciología, la hipótesis de una edad de hielo, formulada por Louis Agassiz en 1837, ya había ganado terreno y explicaba la presencia de bloques erráticos en valles y llanuras.

Comunicación y aceleración del conocimiento

La proliferación de sociedades científicas y la organización de congresos internacionales estimularon la investigación en todas las disciplinas. Simultáneamente, la electrificación y la expansión de los cables telegráficos – que a su vez requerían mejor conocimiento del lecho marino – permitieron el intercambio rápido de información a escala mundial; la primera comunicación transatlántica se realizó en 1858.

Ejemplo: de Tambora a Krakatoa

En 1815 el volcán indonesio Tambora provocó una disminución global de las temperaturas durante casi dos años, generando nieblas secas, lluvias torrenciales y un sol velado. Sólo un siglo después se asoció este fenómeno al volcán. En 1883, menos de setenta años después de Tambora, el Krakatoa entró en erupción. Gracias a la red telegráfica y a los instrumentos distribuidos por todo el planeta, se pudo seguir casi al instante la cronología de la explosión, su impacto en la composición atmosférica y la altura de los tsunamis. Este caso ilustra el salto espectacular que dieron las ciencias de la Tierra a finales del siglo XIX.

Comentarios recopilados por François Folliet