Una broca clavada en el ojo, múltiples transfusiones de sangre, piel quemada hasta la carne... Los científicos más destacados están dispuestos a todo por aprender algo nuevo. ¿Quién dijo que la carrera de científico era segura?
Cuando Kevin Warren y Barry Marshall recibieron el Premio Nobel en 2005, la emoción no solo se debió a sus descubrimientos sobre la actividad de Helicobacter pylori, sino también a la forma en que los alcanzaron. Para demostrar que esta bacteria era la responsable de la inflamación y de las úlceras gástricas, Marshall bebió la suspensión en la que la había cultivado. Su “comida” le provocó una grave enfermedad, pero el experimento confirmó la hipótesis.
Hoy en día esos autoinyectables son raros, pero no siempre fue así. Hasta hace poco, probar fármacos o nuevas sustancias en uno mismo se consideraba una práctica normal entre los investigadores. Por distintas razones, muchos lo hicieron: desde Newton y la familia Curie hasta el legendario hippie de los años sesenta Timothy Leary.
En busca de la inmortalidad
La química, incipiente en el siglo XVII, se veía con recelo porque se acercaba demasiado a la alquimia, entonces muy despreciada. El método experimental y el trabajo en laboratorio, que sustituyó a los cálculos tediosos, parecían frívolos. Además, la relación entre química y medicina aún no estaba clara.
Robert Boyle se interesó por la química buscando nuevos remedios, que probó en sí mismo y en sus amigos. Aunque a menudo se hacía más daño que beneficio, su retrato de Johann Kerseboom lo muestra todavía saludable (dominio público).
Esta mala reputación de la nueva ciencia se habría prolongado si no fuera por la hipocondría de Robert Boyle (1627‑1691), físico y químico irlandés. Su preocupación excesiva por la salud impulsó el desarrollo de la quimiatría, la química médica, que incluía la auto‑experimentación. Su biógrafa, Marie Boas, asegura que su propia ansiedad lo llevó a probar continuamente sustancias sospechosas, tanto en él como en sus colegas.
Boyle, siempre quejándose de fiebre o “debilidad ocular”, se recetaba él mismo remedios dudosos. Paradójicamente, a pesar de sus constantes pruebas, su salud era bastante buena, lo que provocó el sarcasmo de algunos colegas, que aseguraban que sus “pociones milagrosas” lo debilitaban.
En la búsqueda de la juventud eterna, Aleksandr Bogdanov (1873‑1928), médico ruso, escritor de ciencia‑ficción y activista comunista, llevó la auto‑experimentación al extremo con transfusiones de sangre. Participaron en sus pruebas la hermana de Lenin, María Ulyanova, y otros voluntarios.
Bogdanov se sometió a 12 transfusiones entre 1924 y 1928, asegurando que había detenido la calvicie y mejorado la visión. El último intento, sin embargo, fue fatal: murió tras intercambiar sangre con una estudiante de 28 años enferma de tuberculosis.
Una selva de curiosidad
Hay indicios de que otro brillante hipocondríaco también buscó el elixir de la vida: Isaac Newton (1642/43‑1727). El creador de las leyes de la dinámica habría leído con curiosidad los escritos más esotéricos del irlandés Boyle, una de las pocas obras de otro autor que comentó públicamente.
Newton llevó los tests masoquistas a otro nivel, solo para saciar su curiosidad (y quizá su melancolía). Un día, para “entender la naturaleza de la luz”, tomó una gran broca y la introdujo entre su ojo y el cráneo, tan cerca del órgano sensible como pudo.
Newton describió el experimento en una biografía ficcionalizada de Philip Kerr:
“Cuando presioné la punta de la espiga contra mi ojo… vi círculos blancos, oscuros y de colores. Cuanto más frotaba, más nítidos eran; si dejaba de mover el ojo o la espiga, los círculos se desvanecían hasta que volvía a moverlos.”
El famoso físico tuvo la suerte de sobrevivir. La fortuna le fue menos favorable a Francis Galton (1822‑1911), fundador de la eugenesia y primo de Charles Darwin. Como novato en medicina, decidió probar todos los fármacos de la farmacia en orden alfabético sobre sí mismo.
Su entusiasmo se truncó al llegar a la letra C, cuando probó el aceite de croton, un remedio contra el estreñimiento crónico. Al resumir la experiencia escribió:
“Fue una experiencia interesante, pero con evidentes fallos… Creí ingenuamente que dos gotas no producirían efectos laxantes ni vómitos. Sin embargo, los tuve y los recuerdo hasta hoy.”
María Skłodowska‑Curie (1867‑1934) y su esposo Pierre Curie (1859‑1906) descubrieron lo doloroso que puede ser probar sustancias desconocidas en uno mismo. Durante los experimentos con materiales activos notaron irritación, descamación y inflamación en las manos, pero siguieron adelante.
María y Pierre aplicaban los compuestos directamente sobre la piel. Pierre, convertido en conejillo de indias, se colocó una pastilla de bromuro de bario envuelta en celuloide sobre el hombro y no la retiró cuando la quemadura se hizo evidente. Describió el proceso así:
“Al día veinte aparecieron costras; al día cuarenta‑dos la epidermis comenzó a formarse en los bordes, ampliándose hacia el centro; al día cincuenta‑dos aún había una zona de un centímetro cuadrado, grisácea, indicando necrosis profunda.”
Comenzar
En algunos casos la apertura a la experimentación condujo a descubrimientos trascendentales. Así fue con Horace Wells (1815‑1848), dentista de Hartford, quien se auto‑administró óxido nitroso para demostrar sus propiedades anestésicas. Más tarde se extrajo un diente bajo sus propios efectos del gas.
Wells, sin embargo, cayó en la adicción al cloroformo. En 1848, en estado de estupor total, salió a la calle y vertió ácido clorhídrico sobre dos prostitutas que pasaban. Tras ser detenido, recuperó la razón y se suicidó en la cárcel.
En el siglo XX, la auto‑experimentación se orientó hacia sustancias psicoactivas. Albert Hoffmann (1906‑2008) descubrió por accidente las propiedades psicodélicas del LSD. Tras sintetizar la sustancia, sintió una ligera mareación, dejó el laboratorio y, al llegar a casa, describió a su supervisor:
“Me acosté y entré en un estado placentero e intoxicante, con una estimulación especial de la imaginación. Con los ojos cerrados percibí una corriente ininterrumpida de imágenes fantásticas y formas inusuales, acompañadas de un juego caleidoscópico de colores.”
El psicólogo Timothy Leary (1920‑1996) popularizó esas sustancias. Tras probar setas de psilocibina que le regaló un amigo, quedó fascinado con sus efectos y empezó a usarlas para explorar los rincones desconocidos de su propia psique, incluso intentando demostrar su utilidad en la rehabilitación de criminales.
Para demostrar que los mosquitos transmiten la fiebre amarilla, Jesse Lazear (izquierda) y James Carroll (derecha) se expusieron a las picaduras. Lamentablemente, el experimento de Lazear resultó fatal (dominio público).
La investigación de Leary no fue bien vista por sus colegas ni por las autoridades. Fue expulsado de Harvard, arrestado varias veces por posesión de sustancias ilegales y, pese a vivir oculto, se convirtió en un ícono del movimiento hippie.
En busca de evidencia
Algunos científicos se autoinfligieron pruebas por desesperación. Como señala Allen Weisse, quien estudió casos similares entre médicos, a menudo recurrían a la auto‑experimentación cuando estaban convencidos de la veracidad de sus hipótesis pero carecían de pruebas concluyentes. Ese fue el caso de Warren y Marshall.
Otros, menos afortunados, fueron los que estudiaron la fiebre amarilla a principios del siglo XX en Cuba. Una comisión liderada por Walter Reed planeó que los investigadores se expusieran a las picaduras de mosquitos infectados. Reed abandonó el proyecto, pero sus colegas James Carroll (1854‑1907) y Jesse Lazear (1866‑1900) lo llevaron a cabo, con resultados trágicos: Lazear murió y Carroll nunca se recuperó por completo.
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En el libro "Maria Skłodowska‑Curie", Laurent Lemire relata la vida de la polaca que llegó a Francia en 1891, ganó dos premios Nobel y dedicó su existencia a la investigación. El autor no se limita a describir su faceta científica; dedica amplio espacio a su vida personal: el amor por su esposo Pierre, sus hijos y la polémica relación con Paul Langevin.