¿Puede una persona sana ser diagnosticada y tratada como enferma mental? Rosenhan lo demostró.
David Rosenhan, psicólogo estadounidense que impartió clases en Princeton, Pennsylvania y como invitado en Oxford, pasó a la historia por un experimento que cuestionó los diagnósticos y tratamientos psiquiátricos en EE. UU.
Hipótesis del experimento
En 1972 Rosenhan reclutó a siete voluntarios – tres psicólogos, un pediatra, una estudiante de psicología, un pintor y una ama de casa – para que fingieran alucinaciones auditivas y fueran admitidos en centros psiquiátricos de cinco estados. Cada pseudo‑paciente presentó datos reales (nombre, trabajo, etc.) y afirmó escuchar voces que a veces decían palabras como "vacío" o "filtrante".
Rosenhan esperaba que al menos uno de ellos fuera rechazado en la fase de admisión. En cambio, los ocho (incluido él) fueron diagnosticados: uno con síndrome maniaco‑depresivo y los demás con esquizofrenia, y fueron ingresados.
¿Hospitales que vuelven locos?
Una vez dentro, los pseudo‑pacientes debían comportarse normalmente, afirmar que estaban bien y actuar de forma educada y lógica para convencer al personal de que no estaban enfermos y pudieran salir pronto. La tarea resultó extremadamente difícil; ninguno del personal detectó la simulación.
Con el paso del tiempo, el trato se volvió más brusco. Uno de ellos fue atado a la cama durante varias horas después de señalar una conducta inapropiada del personal. Ante este incidente, se contrató a un abogado para intervenir en caso de nuevos problemas.

Los pseudo‑pacientes también recibieron antipsicóticos, que escupían en secreto para no alterar los resultados. Otros pacientes reales hacían lo mismo, y algunos cuidadores estaban al tanto pero no actuaban. Algunos internos llegaron a sospechar que los recién llegados eran simuladores o periodistas encubiertos, lo que el personal ignoró casi en su totalidad, salvo en un centro donde Rosenhan estuvo internado y fue diagnosticado de "grafomanía".
La duración de la estancia varió entre varios días y varias semanas, con una media de tres semanas. Cada pseudo‑paciente solo fue dado de alta después de admitir que estaba mentalmente enfermo, pues los médicos consideraban que había sido curado.
Hallazgos incómodos
Rosenhan publicó los resultados en la revista Science bajo el título "On Being Sane in Insane Places". Entre sus conclusiones más impactantes:
- El contacto directo entre psiquiatras y pacientes rara vez superaba los siete minutos al día.
- Los profesionales a menudo respondían preguntas con respuestas irrelevantes o evasivas.
- Las enfermeras pasaban la mayor parte del turno en salas de observación separadas, sin interacción real con los pacientes.
- Se registraron abusos físicos y falta de privacidad: los pacientes eran observados mientras se vestían o utilizaban el baño.

Rosenhan concluyó que el personal médico temía a los enfermos y no confiaba en ellos, lo que generaba actitudes deshumanizadoras. Además, cuestionó la fe ciega en los fármacos psicotrópicos, defendiendo la observación, la conversación y el tiempo dedicado a cada paciente como herramientas más valiosas.
¿Se aprendió algo?
El estudio sacudió a los hospitales psiquiátricos estadounidenses. Un prestigioso centro solicitó a Rosenhan que verificara la fiabilidad de sus diagnósticos. En tres meses, el hospital reportó 193 diagnósticos, de los cuales 41 fueron considerados falsos y 42 sospechosos. Al final, Rosenhan reveló que no había enviado ni un solo pseudo‑paciente a esa institución.