Introducción
En la Edad Media la virginidad femenina era considerada un tesoro de incalculable valor, incluso vida. Las mujeres, temerosas de ser excluidas o tachadas de pecadoras, buscaban todo tipo de artimañas para aparentar que aún conservaban su himen.
El remedio de las sanguijuelas
Trota de Salerno, médica del siglo XI que ejercía en Italia, recomendaba colocar sanguijuelas en la zona genital para «cerrar» el himen y garantizar el éxito en la noche de bodas. Además, sugería preparados milagrosos a base de grasa de ciervo, grasa de lagarto, sales variadas, azufre y mercurio. Estos tratamientos no sólo eran insoportables, sino que ponían en grave riesgo la salud de la mujer.
Vejiga de paloma o de pez
Una alternativa más “segura” consistía en introducir una vejiga de paloma o de pez llena de polvo o sangre en la vagina. En el clímax, la vejiga se rompía, simulando la pérdida de sangre que se asociaba a la pérdida de la virginidad. Este truco también se empleaba durante la menstruación para justificar la presencia de sangre.
Baños de hierbas y contracciones musculares
Algunas mujeres se bañaban en infusiones de hierbas que, según la creencia popular, provocaban la contracción de los músculos vaginales, reduciendo el diámetro del canal. El riesgo era que el marido encontrara dificultades para la penetración, pero la ilusión de virginidad a veces se consideraba más importante que la comodidad sexual.
Si la contracción impedía el coito, la mujer podía ser declarada “no consumible” y, con la ayuda de un obispo y la testificación de una partera, anular su matrimonio, aunque sin derecho a volver a casarse.
El test del cuerno mágico
Según la tradición de los romances medievales, un supuesto método fiable consistía en ofrecer al pretendiente un cuerno mágico lleno de vino. Solo una mujer “virgen” podría vaciarlo sin derramar una gota. La leyenda italiana de Tristán e Isolda relata que 686 mujeres fallaron esta prueba.
Las mujeres ingeniosas buscaban otras formas de engañar: enviar al marido a la cama de noche, jurar lemas ambiguos sobre su castidad o, como hizo Isolda, fingir que sólo un “mendigo” había estado con ella.
Comportamiento y retórica
Para reforzar la apariencia de pureza, las supuestas “vírgenes” adoptaban conductas típicas: bajar la mirada, mostrarse tímidas, ruborizarse de forma exagerada y hablar con delicadeza. Incluso un ligero aumento de peso en la cintura podía ser interpretado como señal de pérdida de virtud.
De la sospecha a la caza de brujas
En los primeros siglos del XV, los médicos aún no podían determinar la virginidad solo con el himen; la anatomía femenina era un “misterio vergonzoso”. Se añadían indicadores como una cintura estrecha. Los textos médicos, como el "Colliget" de Averroes, debatían casos extraños, como la mujer que se bañó en el agua donde había eyaculado su marido.
Con la publicación del Malleus Maleficarum en 1487, la Europa tardía se vio envuelta en una ola de persecuciones. Las investigaciones de los cazadores de brujas incluían la vida sexual de las acusadas, pero la verdadera tragedia fueron los miles de mujeres quemadas en la hoguera, mucho más que los engaños de las supuestas vírgenes.