Ejecución de Ana Bolena
19 de mayo de 1536, el día que Inglaterra contuvo el aliento
El 19 de mayo de 1536 el reino vivió un suceso sin precedentes: la decapitación de Ana Bolena, segunda esposa de Enrique VIII. Fue la primera vez que una reina era ejecutada en la historia de Inglaterra y, aunque no sería la última, marcó el inicio de una serie de destierros y muertes entre la familia real.
El verdugo, un francés traído de Calais, cortó la cabeza de Ana sobre la horca de la Torre. Tras el acto, el rey agradeció al ejecutor por su “ejecución impecable”, recordando que el buen servicio merece más que una paga; merece una palabra de reconocimiento.
El cuerpo quedó tendido sobre la plataforma, con el torso en el suelo y los brazos extendidos como si intentara nadar en un mar escarlata. La sangre se filtraba entre las tablas mientras el verdugo intentaba envolver la cabeza en lino. Una de las damas que acompañaba a la reina tomó el fardo, temblando de pies a cabeza, pero lo sostuvo con firmeza pese al peso inesperado.
Los sirvientes no permitieron que nadie tocara a la reina con la mano descubierta. Uno a uno, se acercaron al cadáver, temiendo romper el lujoso manto que todavía cubría a Ana. Cada uno tomó el paño con cautela, temiendo que el tejido se rasgara y el cuerpo enfriara aún más.
Un personaje curioso en la escena fue Francis Bryan, un cortesano veterano que, pese a su vínculo familiar con la fallecida, se apresuró a informar al rey que «el rey está libre de nuevo». Bryan sabía que su futuro dependía de mantenerse del lado del nuevo poder.
Los últimos rituales
En lugar de un ataúd, los guardias de la Torre trajeron una caja de madera. El cuerpo, sin un soporte, quedó inclinado sobre la caja mientras los cortesanos, con los vestidos de la corte Tudor, se alejaban sin manchar sus ropas.
«Estos hombres son asombrosos», comentó el verdugo a los franceses, «no prepararon un ataúd a tiempo, pero sabían que ella moriría». La confusión y el asombro inundaron a los presentes, que apenas podían comprender la rapidez del suceso.
Las palabras de la reina
Incluso en sus últimos momentos, Ana pidió a los presentes que rezaran por el rey. Sus ojos se elevaron sobre la multitud, pero su esperanza no flaqueó. Una de las damas, con los ojos vendados para que no viera la espada, la sostuvo mientras la hoja cruzaba su garganta con la suavidad de una tijera que corta seda.
Después de la ejecución, el cuerpo fue trasladado a una pequeña caja de roble que se llevó a la capilla, donde se retiraron algunas losas para que Ana descansara junto a su hermano Jerzy Boleyn. Según el relato de Brandon, «compartieron cama en vida, ahora compartirán tumba».
Contexto literario
El pasaje proviene del libro de Hilary Mantel, Mirror and Light, publicado por la editorial Sonia Draga. Es la culminación de la trilogía galardonada con el Booker, que narra la caída de Ana Bolena a través de los ojos de Thomas Cromwell.
El eco de la muerte
Los testigos de la ejecución escucharon el crujido de la tapa de la caja y pronto se acercaron al rey para preguntar cuándo se coronaría a la nueva reina. «Una bolsa de dinero siempre será bienvenida», respondió Enrique, insinuando que la próxima esposa sería anunciada pronto.
Thomas Cromwell, de cincuenta años, continuó su rutina implacable: rezos al amanecer, reuniones con el rey y desplazamientos en barcaza por el Támesis. Su papel como mano derecha del monarca incluía, entre otras cosas, “proveer nuevas esposas” y “deshacerse de las viejas”. En solo tres semanas, la vida de Ana había pasado de reina a mártir.
En sus últimos sueños, Cromwell vio tres imágenes: Ana subiendo al patíbulo, arrodillada bajo un velo blanco mientras el verdugo levanta la espada, y la cabeza envuelta en lino sangrando sobre la tela. El 20 de mayo de 1536 se levantó el sol sobre una Inglaterra que ya miraba hacia una nueva reina.
Fuentes
Extracto del libro Mirror and Light de Hilary Mantel, publicado por Sonia Draga. La obra forma parte de la trilogía que narra la vida de Thomas Cromwell y la caída de Ana Bolena.