El viejo adagio dice que en el amor y en la guerra se permiten todos los trucos. Pero, ¿qué ocurre cuando el amor parece no tener cabida en el conflicto?
Estados Unidos
Incluso antes de que estallara la guerra, el reglamento de conscripción del ejército estadounidense mencionaba la incapacidad de servir de las personas con inclinaciones homosexuales. En 1943 esa norma se volvió vinculante y se argumentaba que la presencia de gays provocaría incomodidad entre los soldados heterosexuales.
Por ello, los militares homosexuales eran expulsados del ejército o enviados a los servicios psiquiátricos de los hospitales militares, donde se los utilizaba como sujetos de investigación. Un estudio de casi 1.500 pacientes afirmaba que los homosexuales no vomitaban cuando el médico introducía una espátula en la garganta, y se propuso usar ese “test” para filtrar candidatos a diferentes cargos.
Aunque la política oficial era hostil, muchos hombres gay se alistaron voluntariamente para combatir al nazismo. En el frente, la orientación sexual dejaba de ser relevante: el paramédico George Dohmann, que sirvió en Normandía y en la Batalla de las Ardenas, recordó que "nadie preguntaba por la orientación cuando gritabas ‘¡Paramédico!’".
No se conoce con precisión cuántos estadounidenses gay murieron en la contienda, pero sabemos que el ejército premiaba con las más altas condecoraciones a todos los soldados que demostraran valor, sin importar su orientación.
Reino Unido
En Gran Bretaña la homosexualidad estaba penada por la ley y, en el ejército, los hombres gay podían ser juzgados por tribunales militares, encarcelados o expulsados. Los oficiales creían que su mera presencia destruiría la moral de las tropas.
Sin embargo, el filtro de selección falló y varios homosexuales sirvieron en el frente y en los servicios secretos. Entre ellos, Guy Burgess, miembro del famoso "Cambridge Five" que trabajó para el MI6.

Alan Turing, pionero de la informática y descifrador de la máquina Enigma, fue sometido a una "terapia" para “curar” su homosexualidad, que incluía tratamientos hormonales y, finalmente, la castración química. La persecución continuó después de la guerra; la homosexualidad se consideró delito y enfermedad hasta la década de 1960.
Alemania nazi
Para el régimen nazi, los gays y lesbianas representaban la decadencia de la República de Weimar y una amenaza demográfica. En un discurso de 1937, Himmler los describió como una "epidemia" que podía devastar al pueblo alemán.

La persecución alcanzó su punto álgido durante la "Noche de los Cuchillos Largos" (30 de junio de 1934), cuando se purgó a la SA y a su líder homosexual, Ernst Röhm. Los prisioneros gay fueron enviados a campos bajo el Artículo 175; el primer traslado llegó al campo de Fuhlsbüttel en Hamburgo en 1933.

En Fuhlsbüttel se realizaron experimentos, como el de 1944 en Buchenwald, donde el endocrinólogo danés Carl Vaernet, con autorización de Himmler, implantó hormonas masculinas y forzó relaciones con mujeres prisioneras. La castración era la única vía de supervivencia.
Francia bajo Vichy
El gobierno colaboracionista de Vichy introdujo el delito de "actos contrarios a la naturaleza" en el código penal, alineado con su campaña de "revolución nacional" (trabajo, familia y patria). Los homosexuales fueron deportados a campos de concentración; el testimonio de Pierre Seel, único sobreviviente gay francés, relata su tortura y el asesinato de su pareja.
Tras la liberación, la Cuarta República mantuvo la legislación y siguió persiguiendo a los homosexuales, considerándolos una plaga social junto con la tuberculosis, la prostitución y el alcoholismo.
Unión Soviética
En la URSS la homosexualidad fue criminalizada en 1933 con el Artículo 121, que castigaba con trabajos forzados a quienes mantuvieran relaciones consensuales y a los que explotaran a menores. La persecución se intensificó en la década de 1930 y continuó hasta los años 80, con alrededor de 1.000 arrestos al año.

Los prisioneros gay a menudo eran utilizados como objetos sexuales dentro de los campos de trabajo (los "puszczenije"). El delito también sirvió para extorsionar a disidentes y a agentes de inteligencia, quienes eran chantajeados con la revelación de su orientación.
Guy Burgess, aunque británico, fue reclutado por los soviéticos precisamente por su vulnerabilidad al chantaje. Su vida, marcada por el alcoholismo y la homosexualidad, terminó en 1951 en Moscú por una insuficiencia hepática aguda.
Conclusión
Durante la Segunda Guerra Mundial, la homofobia institucionalizada se manifestó de formas distintas en cada frente: desde la exclusión y los experimentos médicos en EE. UU. y Alemania, hasta la persecución legal en el Reino Unido, Vichy y la URSS. A pesar de la hostilidad oficial, muchos hombres gay lucharon valientemente contra el fascismo, y sus historias siguen siendo un recordatorio de la resiliencia frente a la intolerancia.