Introducción
Entre los fugitivos que encontraron refugio en Argentina estaban Adolf Eichmann y Josef Mengele. No fue una coincidencia: sólo en este país, al otro lado del Atlántico, podían contar con una vida relativamente tranquila. ¿Qué convirtió a Argentina en un refugio seguro para criminales nazis?
Una Argentina próspera y contrastes sociales
A finales de la década de 1940 Argentina disponía de más de la mitad de los teléfonos, televisores y ferrocarriles del continente. Sus abundantes recursos naturales, su nivel de educación y su vida cultural la colocaban a la cabeza de Sudamérica; Buenos Aires era la capital cultural de la región.
En la capital se publicaban dieciocho periódicos, tres de ellos en alemán. El Teatro Colón ofrecía óperas y conciertos de músicos de renombre mundial. La ciudad contaba con una sólida tradición académica: seis universidades formaban a más abogados y médicos que el resto de los países sudamericanos juntos.
A pesar de ese desarrollo, la Argentina de los años 40 estaba plagada de problemas. Las villas miserias, barrios marginales donde vivían medio millón de personas en condiciones deplorables, contrastaban con la opulencia de la élite. El poder estaba concentrado en una oligarquía de alrededor de 200 familias ganaderas y terratenientes, heredera de la aristocracia del Imperio austrohúngaro.
Apoyo a Hitler y ambiente antisemita
La crisis económica, el déficit presupuestario, el desempleo y la corrupción generalizada crearon un caldo de cultivo para ideas extremistas. La sociedad conservadora era, en muchos casos, influenciada por un antisemitismo institucional. La Iglesia católica, dominante en la esfera pública, logró que la Constitución exigiera que sólo un católico pudiera ser presidente, lo que indirectamente limitó la participación judía en cargos ministeriales hasta 1951.
Una numerosa comunidad alemana, establecida antes de la guerra, mantenía escuelas y edificios de arquitectura germana. Tras la llegada al poder de Adolf Hitler en 1933, dos diarios en alemán de Buenos Aires adoptaron una línea pro‑nazi. Cuando la Wehrmacht invadió Polonia, la mayor parte de los alemanes argentinos apoyó a Hitler.
El 28 de noviembre de 1941, la Comisión de Estudios de Actividad Antiargeniente informó que decenas de miles de alemanes residentes estaban “bajo el control efectivo del Reich” y que recibían fondos alemanes para crear un “Tercer Reich” en Argentina. El informe también citó transferencias bancarias, organigramas de la jerarquía nazi local y decenas de folletos que pedían transformar el país en un estado nazi.
Red de espionaje y silencio institucional
Aunque el informe se redactaba mientras el gobierno argentino mostraba simpatía abierta por el Eje, el país albergaba una densa red de informantes de la Abwehr, la inteligencia militar alemana. Entre 1942 y 1944, la Abwehr operó con más de 1 500 agentes en Argentina, convirtiendo al país neutral en un terreno fértil para el espionaje.
Tras la guerra, muchos de esos agentes regresaron a la vida civil, pero su presencia generó una “conspiración de silencio” que permitió a criminales nazis vivir sin ser perseguidos. La policía y los servicios de inteligencia argentinos colaboraron, facilitando la fuga de personas como Eichmann y Mengele.
Juan Domingo Perón: un presidente fascista
El 4 de junio de 1943, tras un golpe militar, Juan Domingo Perón asumió la presidencia. Su visión se formó como agregado militar en la Italia fascista de Mussolini, y adoptó ideas del corporativismo y del nacionalismo extremo.
Perón implementó reformas laborales que le granjearon el apoyo de los “descamisados”, pero también mantuvo estrechos vínculos con la oligarquía y con sectores pro‑nazi. Durante su breve exilio en 1945, su esposa Eva Duarte (Evita) movilizó a la población para su regreso.
Antes de su segundo mandato, Perón habría acumulado diez mil pasaportes y documentos de identidad argentinos para refugiados. Carlos Pineyro, su agente en la misión argentina en Copenhague, organizó escapatorias de altos cargos nazis, aunque fue expulsado de Dinamarca en diciembre de 1945 por “deportar clandestinamente nazis a Sudamérica”.
Se sospecha que Perón se benefició económicamente de los tesoros que los nazis habían ocultado en el extranjero, anticipando que la Alemania derrotada volvería a abrazar la ideología nazi.
El oro nazi y su destino argentino
Entre 1942 y 1944, cofres marcados con “Auschwitz” y “Treblinka” fueron enviados al filial argentino del Reichsbank. Los documentos del banco revelan la llegada de más de 550 000 onzas de oro, 3 500 onzas de platino, 4 638 quilates de diamantes, obras de arte y millones de divisas.
El tesoro fue transportado en seis submarinos en la operación “Aktion Feuerland” (operación Tierra del Fuego) y depositado en los bancos Germánico y Tourquist bajo el nombre de Eva Duarte. Tras su matrimonio con Eva en octubre de 1945, Perón tomó el control de esos fondos.
En 1946, una investigación contra Ludwig Freude, encargado de la operación, fue abruptamente suspendida por decreto presidencial, lo que evidenció la protección oficial que recibían los tesoros nazis.
Conclusión
La combinación de una economía en crisis, una élite oligárquica afín al fascismo, una comunidad alemana influyente, una red de espionaje y la complicidad del gobierno de Perón convirtió a la Argentina en el refugio ideal para criminales de la Alemania nazi. Figuras como Adolf Eichmann y Josef Mengele encontraron allí la aparente impunidad que buscaban.
Fuentes
Gerald Posner y John Ware, Mengele. The Hunt for the Angel of Death from Auschwitz, Znak Horyzont, 2019.