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¿Contribuyó el frenético pánico británico al pacto Molotov‑Ribbentrop?

Oficialmente: graduado de una escuela exclusiva y caballero inglés sofisticado. En privado: alcohólico y hedonista. Al mismo tiempo, traidor a su país, vendía secretos británicos a Moscú. ¿Fueron sus informes los que llevaron a Stalin a firmar en 1939 el pacto que marcó el destino de la II Guerra Mundial?

Guy Burgess, agente británico al servicio de la inteligencia soviética, formó parte de la famosa red de espías comunistas conocida como los “Cinco de Cambridge” al borde de la Segunda Guerra Mundial. Eran altos cargos de los servicios secretos y la diplomacia británica que enviaron miles de documentos clasificados a Moscú. Al menos uno de ellos pudo haber convencido a Stalin de aliarse con Hitler…

El espía que amaba lo diferente

Guy Burgess nació el 16 de abril de 1911, hijo de un oficial de la Marina Real y de una mujer perteneciente a la élite financiera británica. A los nueve años ingresó en un colegio privado reservado a la alta sociedad, donde la disciplina era extremadamente rigurosa. Ese camino le abrió la puerta a la prestigiosa escuela Eton, a la que accedió en 1924 y donde se destacó como uno de los mejores alumnos.

¿Contribuyó el frenético pánico británico al pacto Molotov‑Ribbentrop?

Eton College es uno de los internados más antiguos de Inglaterra, fundado en 1440 por el rey Enrique VI, y es considerado de los más prestigiosos del país.

Una tragedia familiar marcó su vida. Una noche de verano, mientras Burgess estaba en la casa familiar, escuchó gritos desgarradores procedentes del dormitorio de sus padres. Según su relato, encontró a su padre desnudo y a su madre fallecida durante el acto sexual. Este episodio, según él, influyó decisivamente en su orientación sexual.

Tras la muerte de su padre abandonó Eton y se matriculó en el Dartmouth Naval College, destinado a formar oficiales de la Marina. Permaneció allí tres años, pero nunca se graduó, citando una supuesta deficiencia visual. En realidad, sus inclinaciones homosexuales comenzaron a aflorar y la institución lo expulsó discretamente. Regresó a Eton, donde descubrió la política y mantuvo relaciones homosexuales, algo que, según sus propias confesiones a los soviéticos, era “tan común que incluso los profesores seducían a los estudiantes”.

Saludos desde Moscú

En octubre de 1930 Burgess ingresó en Trinity College, Cambridge, una de las universidades más respetadas del Reino Unido. Andrew Lownie, autor de *Stalin’s Englishman*, señala que “Cambridge fue la elección perfecta para él, ofreciéndole acceso a círculos influyentes, desarrollo intelectual y libertad sexual”. Burgess aprovechó al máximo esas oportunidades, relacionándose con hijos de la élite social, empresarial y política, y manteniendo encuentros íntimos con ellos.

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Fue en Cambridge donde conoció a Kim Philby y Antony Blunt, con quienes más tarde trabajó para la Unión Soviética. También se introdujo en una célula comunista del campus y allí se vinculó con Donald Maclean, otro futuro “Cinco de Cambridge”.

El comunismo, entonces moda entre los estudiantes como respuesta al auge del fascismo, conquistó a Burgess. En 1934 viajó a la Unión Soviética. Alrededor de esa época, Philby fue reclutado por Arnold Deutsch, agente de la NKVD, y entregó una lista de posibles espías: estudiantes de Cambridge que podrían ocupar puestos clave en el gobierno británico. Burgess figuraba en esa lista.

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¿Quién habría imaginado que esos jóvenes aparentemente inocentes se convertirían en traidores de su país? Ni los profesores de Eton ni los de Trinity sospechaban que estaban formando a futuros espías.

Licencia de espionaje

La NKVD consideró a Burgess un posible colaborador desde mucho antes. Su homosexualidad resultaba una ventaja para los soviéticos, pues la legislación británica la criminalizaba, lo que generaba una comunidad cerrada y leal. Además, esa condición facilitaba la extorsión mediante chantaje.

En diciembre de 1935 Burgess se convirtió oficialmente en agente de los servicios secretos soviéticos, una incorporación valiosa gracias a su amplia red social.

En 1937 obtuvo un puesto como asistente de redactor en la BBC, donde realizó varios programas radiales. Ese mismo año la red de espías soviéticos se ampliaba, incorporando a John Cairncross, el último de los “Cinco”.

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Trabajar en la BBC le permitió establecer contactos estratégicos. Cuando ingresó en el sector de inteligencia británica, mantuvo su actividad en la radio, utilizándola para emitir transmisiones anti‑nazi.

En el Servicio Secreto de Su Majestad

En el verano de 1937 Burgess, por casualidad, se incorporó al MI6. Así, los soviéticos lograron infiltrar al más importante organismo de inteligencia británico desde dentro, mientras él continuaba como comentarista influyente en la radio.

En enero de 1938 dejó la BBC y se dedicó a tiempo completo a la Sección D del MI6, encargada de apoyar a organizaciones anti‑nazi en Europa y de difundir propaganda contra el Tercer Reich. Gracias a ello accedió a información ultrasecreta sobre los preparativos bélicos británicos, información que pronto se convirtió en su mayor recurso para Moscú.

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Se desconoce si Stalin habría recibido en Moscú a Joachim von Ribbentrop el 23 de agosto de 1939 (imagen) sin los datos que Burgess le suministró.

La guerra llegará mañana

El 31 de marzo de 1939 los gobiernos británico y francés prometieron a Polonia una garantía de ayuda en caso de agresión alemana. En Berlín, Hitler reaccionó con furia, lo que lo llevó a contemplar una alianza con Stalin. A mediados de abril, las potencias occidentales propusieron a la URSS un acuerdo tripartito de seguridad que también incluiría a Polonia y Rumanía.

En ese momento Burgess informaba a Moscú que esas iniciativas eran meras maniobras de aparente buena voluntad. Según sus informes, el gobierno británico desconfiaba de los soviéticos y buscaba negociar con Hitler. A principios de agosto de 1939, Burgess transmitió a sus superiores que, según oficiales británicos, “la guerra entre Gran Bretaña y Alemania sería fácil de ganar”. Así, convenció a Stalin de que los aliados occidentales no eran fiables.

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Una delegación anglo‑francesa llegó a Moscú a mediados de agosto, pero su embarcación tardó seis días en arribar y la misión fue percibida como de bajo rango, pues no incluía a los ministros de exteriores. La falta de autoridad para firmar acuerdos dejó clara la intención de los aliados de demorar las negociaciones, lo que reforzó la credibilidad de los informes de Burgess.

Solo se vive una vez

Hoy no es posible cuantificar con exactitud cuánto influyeron los reportes de Burgess en la decisión de Stalin de firmar el pacto con Hitler; sólo él lo sabía. Sin embargo, sus informaciones facilitaron la decisión, al demostrar que Occidente estaba dispuesto a pactar con el nazismo, lo que amenazaba los planes soviéticos de expansión comunista.

¿Contribuyó el frenético pánico británico al pacto Molotov‑Ribbentrop?

El Pacto Molotov‑Ribbentrop fue uno de los documentos clave firmados antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Los datos que Stalin recibió de los “Cinco de Cambridge” le aseguraron que los países occidentales estaban jugando una farsa y que pronto podrían aliarse con Hitler, lo que habría perjudicado gravemente los intereses de la URSS.

Los “Cinco de Cambridge” constituyeron la red de espionaje británica más peligrosa que la Unión Soviética logró crear en el siglo XX. En 1941, por ejemplo, se enviaron a Moscú 7 867 documentos secretos británicos, entre los que se incluían datos obtenidos gracias a la máquina Enigma, información de inteligencia y documentos del gobierno polaco en el exilio. Los traidores británicos operaron con éxito durante toda la Segunda Guerra Mundial e incluso en los primeros años de la Guerra Fría.

Guy Burgess escapó a Moscú en la primavera de 1951, donde obtuvo un apartamento y una nueva identidad. Continuó con su estilo de vida de excesos, consumiendo alcohol y tabaco, y manteniendo relaciones homosexuales. A pesar de ello, se sentía solo y añoraba el país que traicionó. Murió el 30 de agosto de 1963.

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