¿Qué ocurrió con el legendario tesoro monástico? ¿Fueron los caballeros de capa blanca herejes y blasfemos? ¿Guardaron –o aún guardan– el secreto del Santo Grial? Los enigmas que rodean a la Orden del Templo siguen alimentando la imaginación de historiadores y del público en general. Pero, ¿qué podemos afirmar con certeza?
Mito 1: La principal misión de los templarios era proteger a los peregrinos en Tierra Santa
Los orígenes de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón son escasos. La teoría más aceptada señala que la masacre de peregrinos en 1119 impulsó la creación de una comunidad de monjes‑caballeros, aunque no existen crónicas contemporáneas que lo confirmen.
Según crónicas posteriores, la Orden nació en 1119 o 1120 cuando nueve hombres, liderados por Hugo de Payens, juraron vivir bajo la regla de San Benito y proteger las rutas de los cristianos que se dirigían a Jerusalén. Sólo en 1128, en el sínodo de Tréveris, recibieron su propia regla monástica. Como observa Martin Bauer en *Templarios: Verdad y Mito*, no se menciona en ella la protección de peregrinos.
Es cierto que en sus primeras décadas los templarios patrullaron los caminos alrededor de Jerusalén, pero esta labor desapareció tras la Segunda Cruzada (1147‑1149), que sirvió más bien para entrenar sus habilidades bélicas. Por estrictas normas monásticas, no podían participar en torneos ni cazar animales distintos a los leones.
Tras obtener privilegios papales, los “pobres caballeros de Cristo” dejaron de ser solo protectores de peregrinos y se convirtieron en una verdadera fuerza militar, subordinada únicamente al Papado, y en un actor político clave en Oriente.
Mito 2: Todos los templarios eran caballeros
La orden estaba dividida en tres grupos: caballeros, hermanos servidores y capellanes. No todos los miembros empuñaban la espada. La condición de cada hermano dependía de su origen y patrimonio.
Los hermanos servidores vestían hábito negro o marrón y, por cada diez de ellos, había un caballero de capa blanca. Aunque algunos servidores acompañaban a los caballeros en combate, su papel principal era logístico y administrativo.
Los capellanes, ordenados sacerdotes, no luchaban; su única autoridad era el Papa. Además, la orden poseía tierras, esclavos musulmanes y mercenarios turcos, excluidos de la vida religiosa pero bajo su mando.
Mito 3: La Orden operaba únicamente en Tierra Santa
Si bien la sede inicial estuvo en Jerusalén hasta 1187, la orden recibió numerosas donaciones en Europa. Gracias al apoyo de figuras como San Bernardo de Claraval, se fundaron comandancias en toda Francia, España, Inglaterra y otras regiones, formando una red que reclutaba nuevos miembros y financiaba las campañas en Oriente.
Estas casas monásticas, llamadas comandancias, se convirtieron en el eje económico y logístico de la Orden fuera de la Cruzada.
Mito 4: Eran el modelo ideal del caballero cristiano
La realidad era más compleja. La orden aceptaba a cualquier hermano que pudiera financiar su vida, incluso a caballeros excomulgados, según la versión francesa de la regla. La disciplina era estricta: por ejemplo, los templarios debían viajar siempre en parejas para vigilarse mutuamente.
No obstante, la riqueza acumulada generó orgullo y prácticas cuestionables, como la posesión de esclavos musulmanes que no podían ser bautizados y el préstamo con intereses, prohibido por la Iglesia.
Los templarios también negociaban treguas con musulmanes y, cuando sus intereses estaban en juego, no dudaban en usar la violencia.
Mito 5: Era una hermandad secreta que guardaba conocimientos ocultos
Muchos aspectos de la Orden siguen sin conocerse, lo que alimenta teorías sobre excavaciones en el Templo de Salomón o la posesión del Santo Grial. La autonomía que les concedían los privilegios papales –respondían solo al Papa– generó una aura de misterio.
Sin embargo, no existen pruebas de que poseyeran libros secretos o conocimientos esotéricos. Incluso el Gran Maestre tuvo que traducir documentos latinos durante su juicio, y los registros de las comandancias no revelaron textos ocultos.
La famosa “maldición” de Jacques de Molay, pronunciada antes de su ejecución el 18 de marzo de 1314, carece de fundamento histórico: ninguno de los acusadores murió en el año siguiente.
Mito 6: Tenían tesoros incalculables
La leyenda de un tesoro templario escondido en lugares como Gisors o Rennes‑le‑Château persiste, pero nunca se ha encontrado nada. La mayoría de los expertos coinciden en que los templarios necesitaban fondos para sus operaciones y que su riqueza era financiera, no mítica.
El rey Felipe IV de Francia, gran deudor de la orden, buscó anular la deuda mediante la supresión de la Orden en 1312. Los cargos de herejía y blasfemia sirvieron como pretexto para confiscar sus bienes; los tesoros, si existieron, fueron saqueados durante el proceso.
Mito 7: La Orden sigue operando en la sombra
Tras la disolución, algunos templarios sobrevivieron y se integraron a otras órdenes, como los Caballeros Hospitalarios o la Orden de los Caballeros de Cristo en Portugal, que jugó un papel crucial en la Era de los Descubrimientos.
Teorías que los templarios se refugiaron en Escocia bajo la masonería o que influyeron en la Revolución Francesa son meras especulaciones sin evidencia documental.
En conclusión, la mayoría de los mitos se desvanecen ante la investigación histórica. Como sugiere Martin Bauer, «Mientras las historias no contradigan los hechos establecidos, cada uno decide si tomarlas con pinzas o simplemente disfrutarlas como leyenda».