En la lucha por la independencia de 1821 la mayoría de las muertes no se produjeron en los campos de batalla, sino a causa de epidemias. Los sitiados de Messolonghi, al agotar sus provisiones, se vieron obligados a devorar todo animal doméstico disponible; la desesperación llevó a algunos al canibalismo y a beber agua de cisternas llenas de cadáveres.
Los heridos carecían de cualquier conocimiento de anestesia, transfusión de sangre, asepsia o antisepsia. Para suturar se usaban cabezas de hormiga, y las heridas se limpiaban con raki, una bebida alcohólica, acompañada de una aguja y hilo común.
Prioridades y condiciones sanitarias
Durante la revolución las prioridades se centraron en la logística militar y fiscal, dejando de lado la salud pública. El profesor de Medicina Theodoros Dardavesis, Decano de la Escuela de Ciencias de la Salud de la AUTH, describió en su conferencia “Salud pública y atención a los combatientes en la Revolución de 1821” la precariedad de la asistencia sanitaria y el impacto de enfermedades como disentería, cólera, peste, viruela y malaria, que causaron más muertes que los combates.
Condiciones de salud pública
El éxodo de pobladores rurales hacia ciudades fortificadas provocó aglomeraciones en condiciones insalubres: ausencia de recolección de residuos, escasez de agua potable y falta de alcantarillado. La primera gran epidemia registrada fue el tifus exantemático en Trípoli, que cobró unas 3.000 vidas; posteriormente se repitió en Nafplio y otras ciudades bajo asedio.
La dieta de los griegos en guerra se limitaba a pan, frutos secos, maíz hervido y escasas porciones de carne o pescado. En los asedios, como el de Messolonghi, se consumían caballos, mulas, burros, camellos, perros, gatos, ratones y cualquier animal “impropio”. La hambruna llevó a algunos a practicar necrofilia, comiendo cadáveres de familiares y desconocidos.
La mala alimentación provocó disentería y escorbuto por falta de vitamina C. El acceso al agua limpia era irregular; el enemigo a menudo cortaba los suministros, obligando a los sitiados a beber agua de la laguna, pozos contaminados o cisternas llenas de restos humanos.
Médicos científicos durante la revolución
Antes de la revolución, menos de 90 médicos atendían a un millón de habitantes. Tras la independencia, con la llegada de médicos griegos y filhelénicos del extranjero, el número no superó los 500, insuficiente para la enorme demanda de atención a heridos y enfermos.
Muchos jóvenes de familias acomodadas estudiaron medicina en Padua, Pavia, Pisa y Viena; regresaron con diplomas que llevaban la inscripción “Natione Graecus”. Algunos ocuparon cargos destacados en el Imperio otomano (p. ej., los doctores Mavrokordatos y Nikousios), mientras que otros participaron activamente en la política y la filantropía de la nueva Grecia.
Médicos populares y charlatanes
Los llamados médicos “populares” o empíricos practicaban la “medicina popular” en zonas montañosas. Eran hábiles en la reducción de luxaciones, fracturas y pequeñas operaciones, y también preparaban remedios a base de hierbas. Eran respetados por la población porque ofrecían sus servicios gratuitamente o a bajo costo.
Junto a ellos, los “combogiannitas” y charlatanes ofrecían curas sin fundamento, motivados solo por el lucro. Vestían ropas llamativas, portaban bolsas con supuestos remedios y acompañaban a sus “asistentes” que gritaban “¡doctor! ¡hierbas para todo!”. Sus tratamientos requerían materiales escasos y procedimientos complejos, dejando la responsabilidad en el paciente y sus familiares.
Atención sanitaria y tratamientos en el campo de batalla
Los conocimientos médicos de la época eran rudimentarios. En los campos de batalla, los soldados ligeramente heridos recibían atención de sus compañeros; los gravemente heridos eran trasladados a monasterios (Oblou, Velanidia) y a los primeros hospitales improvisados.
El curado de heridas consistía en limpiarlas con raki y aplicar una pomada de clara de huevo mezclada con aceite y raki, o una mezcla de jabón y raki. En algunos casos se usaba grasa caliente. Para detener hemorragias se empleaba hierro candente, alcohol o vino caliente con mantequilla. Las suturas se realizaban con aguja e hilo, y, curiosamente, con cabezas de hormiga, que se insertaban en la herida después de cortar el cuerpo del insecto.
Los tratamientos para afecciones patológicas eran igualmente empíricos: masajes con aceite para la fiebre, decocciones de higos secos y astas de ciervo o vino tibio con pimienta para la gripe, mantequilla tibia para inflamaciones y moretones.
Los medicamentos habituales incluían hierbas y sustancias conocidas desde la época de Dioscórides (aloe, cardamomo, jengibre, saúco, etc.), así como compuestos químicos como absenta, boro, goma arábiga, óxido de plomo y elixires importados de Constantinopla, Esmirna, las Islas Jónicas y Trieste. Algunas recetas se mantenían en secreto, transmitidas solo a los descendientes de sus autores.
El opio se usaba como hipnótico; según el artículo 11 del acuerdo de la Guardia de Messolonghi, los niños pequeños eran “regados” con opio para evitar el llanto. El agua salada servía para reducir la hinchazón de extremidades, y las “nueces tártaras” se empleaban como emético.
La escasez de medicamentos y material sanitario era crónica. Un documento de los sitiados en la Acrópolis (17‑02‑1827) denunciaba la falta de ungüentos, vendajes y hasta de pañuelos, lo que provocaba muertes innecesarias.
Conclusión
El deseo de “buena suerte” expresado por los combatientes aludía, en parte, a la esperanza de una muerte rápida y sin sufrimiento, dadas las condiciones sanitarias extremas que marcaron la Revolución de 1821.