Introducción
Cuando estalló la Revolución Griega, la Grecia clásica se había convertido en el modelo de toda la sociedad burguesa europea. Por ello, los jóvenes griegos no tuvieron que inventar ni reinventar su pasado histórico; ya contaban con una referencia antigua que legitimaba su lucha.
El filhelénico y la creación del Estado
Aunque la revolución no permitió cuestionar la orientación europea de los griegos, la fundación del nuevo Estado marcó un punto de inflexión en sus relaciones con la "Europa protectora". La idea nacional griega perdió parte de su contenido para los europeos, mientras que el filhelénico empezó a desvanecerse. No fue tanto que los europeos descubrieran que los neogresos no se parecían a las estatuas antiguas, sino que no aceptaron que la independencia significara el inicio de un proceso de expansión que ponía en entredicho sus intereses.
Los poderes garantizadores y la deuda espiritual
Los griegos denominaban informalmente a Inglaterra, Francia y Rusia como sus "protectores", aunque el término no aparecía en ningún documento oficial. Esta denominación revelaba la percepción griega de que las garantías europeas eran un apoyo indispensable; cualquier desviación se sentía como una violación de una obligación. La importancia que los revolucionarios otorgaron al respaldo europeo quedó patente en la creación de tres partidos durante la Revolución, reflejo de su preferencia por la fuerza que esperaban de los poderes garantizadores.
Sin embargo, esa "obligación" tenía raíces más profundas que la mera responsabilidad política posterior a la batalla de Navarino: los europeos debían redimir una deuda espiritual con la Grecia antigua.
Desencanto tras la Gran Idea
El entusiasmo filhelénico hizo que los griegos se consideraran la "nación por excelencia" elegida por Europa. Pronto se vieron decepcionados por la actitud de sus garantizadores frente a la Gran Idea, especialmente durante la crisis de la Cuestión Oriental. La Guerra de Crimea (1853) disipó la ilusión de una Europa estrictamente prohelénica y dividió a los griegos: Rusia se aisló de los demás garantizadores, mientras que los griegos occidentalizados la veían fuera de Europa por su carácter ortodoxo.
Constitucionalismo versus monarquía bávara
Las constituciones progresistas de la Revolución y las promesas de los poderes, sobre todo de Inglaterra, generaron la expectativa de una Constitución inmediata. La monarquía absoluta de Otto, apoyada por Baviera, fue percibida como una fase transitoria necesaria para que los griegos aprendieran instituciones modernas. Las potencias europeas, aunque fluctuantes, apoyaron los reclamos constitucionales sin estar convencidas de la madurez política griega.
La Revolución de Septiembre de 1843, impulsada indirectamente por Inglaterra y Francia, reforzó la idea de que Europa "ilustrada" era la salvadora frente al autoritarismo bávaro. Para muchos griegos, la Constitución era el pasaporte hacia el "mundo europeo" y la aprobación de las naciones ilustradas.
El papel ambivalente de Europa
Cuando la Constitución fue restringida, la cooperación de Inglaterra y Francia con Luis I de Baviera provocó la reacción de la oposición y de la prensa. El "Occidente ilustrado" dejó de ser el antídoto contra el absolutismo y pasó a identificarse con él, creando una nueva división entre los partidarios de la nación y los "extranjeros" responsables del Senado y sus miembros.
En materia institucional, Europa siguió siendo modelo; en lo religioso, sin embargo, los "occidentales" fueron vistos como una amenaza por una parte importante de la población.
Conflictos religiosos
Los católicos bávaros intentaron crear una Iglesia griega autocéfala (1833), lo que provocó enfrentamientos entre los sectores "orientales" (pro‑ruso y ortodoxos) y los "occidentales" (pro‑occidentales). Los primeros denunciaron a Europa como la "tierra de los latinos" y culpaban a la Iglesia autocéfala de romper los lazos nacionales. Los protestantes y católicos fueron catalogados como "peligrosos" por los conservadores ortodoxos, mientras que los partidarios del progreso los veían como agentes de la iluminación.
El compromiso de 1850 entre Atenas y el Patriarca Ecuménico mantuvo el caesaropapismo, aunque a largo plazo la facción occidental no emergió vencedora. El control estatal sobre la Iglesia permitió al reino griego alinear la política eclesiástica con sus intereses y rechazar cualquier amenaza occidental.
Antieuropeísmo en el siglo XIX
Durante el siglo XIX los griegos fueron continuamente desilusionados con Europa, que percibían como responsable de frustrar sus intentos de integración nacional. El sentimiento antieuropeo se intensificó tras la derrota de 1897, y ya no sólo se dirigía contra la política europea, sino contra sus ideas y estándares occidentales. En la profunda división del Nacionalismo (Esquizofrenia Nacional) de la primera mitad del siglo XX, Europa, tanto en su faceta conservadora como progresista, jugó un papel central: como símbolo de la Ilustración y como modelo autoritario (representado por Alemania) que ambos bandos utilizaban para sus fines.
- Lina Louvi es profesora de Historia Moderna
Departamento de Ciencia Política e Historia
"Historia reciente: Historia política del Estado griego (siglos XIX‑XX)"
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