La caza de brujas que asoló Europa y Norteamérica entre los siglos XV y XVIII no fue solo un fenómeno religioso o judicial; estuvo profundamente marcada por la misoginia. Las mujeres fueron blanco preferente de acusaciones, reflejo de prejuicios de género arraigados.
Estereotipos de género
En la época se consideraba que las mujeres eran inferiores física e intelectualmente. Se les atribuía mayor emotividad, superstición y vulnerabilidad al diablo, lo que facilitó que fueran señaladas como brujas.
Curanderas y parteras
Muchas mujeres que dominaban la medicina herbal o la obstetricia fueron catalogadas como brujas. Su saber amenazaba la autoridad de los médicos masculinos y de la Iglesia, que percibían esas prácticas como un desafío a su poder.
Temores sexuales
La misoginia también se alimentaba de ansiedades sexuales. Mujeres atractivas o con independencia sexual eran vistas como una amenaza al orden moral; las acusaciones de brujería servían para castigar supuestas transgresiones.
La bruja como metáfora
La figura de la bruja se convirtió en un símbolo conveniente para representar el poder y la autonomía femenina. Etiquetar a una mujer como bruja permitía a la sociedad controlar y suprimir esas amenazas percibidas al patriarcado.
Dinámicas de poder
Los hombres en posiciones de autoridad utilizaban las acusaciones de brujería como herramienta para silenciar o desacreditar a mujeres que cuestionaban su dominio o desafiaban normas sociales, perpetuando así la naturaleza misógina del proceso.
Conclusión
Como resultado, las mujeres fueron desproporcionadamente perseguidas: se estima que alrededor del 75 % de los acusados eran mujeres. La misoginia presente en la caza de brujas revela los sesgos de género y la discriminación que históricamente han marginado a las mujeres y limitado sus roles en la sociedad.