El contexto del asesinato
El 15 de marzo del 44 a.C., conocido como los Idus de marzo, Julio César fue asesinado por un grupo de senadores que temían que su creciente poder lo convirtiera en tirano. Esperaban que su muerte devolviera a la República su antiguo esplendor y evitara una guerra civil.
El vacío de poder
Lejos de lograr la paz, la muerte de César dejó un vacío que rápidamente llenaron su hijo adoptivo Octavio (más tarde Augusto) y el leal general Marco Antonio. Junto al general Lepido, formaron el Segundo Triunvirato, cuyo objetivo era eliminar a los enemigos políticos.
Las proscripciones y la batalla de Filipos
Los triunviros declararon enemigos del Estado a muchos de los asesinos de César y a sus partidarios, ejecutándolos o confiscando sus bienes. En 42 a.C. derrotaron a Bruto y Casio, líderes de la conspiración, en la batalla de Filipos.
División del mundo romano
Tras la victoria, el triunvirato repartió el control del imperio: Octavio gobernó el occidente, Marco Antonio el oriente y Lepido la África.
El colapso del triunvirato
El acuerdo se desintegró rápidamente. En 36 a.C. Lepido fue apartado de la política, y la rivalidad entre Octavio y Marco Antonio estalló. Su enfrentamiento culminó en la batalla de Actium en 31 a.C., donde Octavio salió victorioso.
Fin de la República y nacimiento del Imperio
La victoria en Actium marcó el fin de la República romana y el inicio del Imperio. Octavio se convirtió en el primer emperador, tomando el nombre de Augusto y gobernando hasta su muerte en el 14 d.C.
En resumen, el asesinato de César, pensado para restaurar la paz, desencadenó una nueva guerra civil y puso fin a la República.