El origen del decreto: protección de caballos
El primer objetivo del llamado decreto de misericordia no fueron los perros, sino los caballos. Con la paz del período Taihei Tenka, los hatamoto ya no necesitaban montar y, ante la escasez de recursos, muchos abandonaban sus caballos, a veces mutilándolos para impedir que se movieran. Tsunayoshi, indignado por esta crueldad, emitió la Orden de Protección de los Caballos para evitar el maltrato.
Los perros y los "palacios caninos" de Edo
En Edo había gran número de perros callejeros, en parte porque los perros de caza de los daimyō escapaban y se volvían feroces. En 1688 una manada atacó la zona que hoy es Tokorozawa, dejando cuatro muertos y varios heridos. Además, algunos samuráis utilizaban a los perros salvajes como objetivo para practicar con la espada.
Para controlar la situación, Tsunayoshi mandó construir enormes refugios caninos cerca de la actual Nakano. En su apogeo albergaban alrededor de 40 000 perros, aunque el número real creció y los costes de mantenimiento se volvieron una carga para el shogunato. La normativa obligaba a los dueños a responsabilizarse de sus animales, reduciendo así la proliferación de perros sueltos.
Una ley que también protegía a personas vulnerables
El decreto no sólo abarcaba a los animales; también contemplaba a los seres humanos desamparados. En aquella época era común abandonar niños enfermos o ancianos sin ayuda. La normativa obligaba a la comunidad a cuidar a los más débiles, considerándolos como "animales abandonados" que merecían protección.
Aplicación y sanciones
Durante los 22 años de vigencia del decreto se registraron 69 casos castigados: 46 samuráis, 15 comerciantes, 6 agricultores y 2 templos. Las penas variaban según la posición social; los samuráis podían enfrentar la decapitación o el seppuku, mientras que los plebeyos recibían exilio o castigos menos severos.
Legado cultural
Más que una medida represiva, el decreto fomentó un sentimiento de respeto por la vida, tanto animal como humana. Con el tiempo, esa ética influyó en la forma en que la sociedad japonesa valora la familia y la naturaleza, contribuyendo a la reputación del país por su civismo y solidaridad, incluso en desastres naturales.
En resumen, el decreto de misericordia buscaba proteger a todos los seres vivientes y, lejos de ser una "ley mala", sentó las bases de una cultura de compasión que perdura hasta hoy.