Juana de Arco se convirtió en la figura central de la última fase de la Guerra de los Cien Años, inspirando a soldados desmoralizados y llevándolos a la victoria. Sin embargo, fue capturada, traicionada por su propio rey y ejecutada a una edad muy temprana.
La niña que escuchó la voz de un ángel

Durante siglos, Inglaterra y Francia lucharon por la sucesión al trono francés. La invasión inglesa dejó a Francia en una situación catastrófica, marcando el apogeo de la Guerra de los Cien Años.
En medio de ese caos nació una niña en el pequeño pueblo de Domrémy. A los 12 años, Juana afirmó haber escuchado a un ángel y a dos santos que le dijeron:
«¡Has sido elegida por Dios! Defiende a tu país y lleva al príncipe al trono».
Conmovida hasta las lágrimas, Juana aceptó la misión divina. Cuatro años después, a los 16, viajó al campamento del futuro rey Carlos VII. A pesar de la desconfianza inicial, Juana predijo una derrota francesa y ganó el permiso para reunirse con el príncipe.
Carlos VII la describió como "la verdadera mensajera de Dios" y la puso a prueba. Juana, con claridad y valentía, le exigió al rey:
«¡Príncipe, vengo guiada por Dios! Prometo llevarte al trono. Concédeme un ejército».
El rey no tuvo más remedio que confiar en ella.
El giro del destino francés

Una vez al frente del ejército, Juana revitalizó la moral de los soldados. Su presencia en el campo y su determinación, incluso tras resultar herida, convencieron a los comandantes escépticos.
La estrategia francesa, antes estancada, cambió; ganaron una serie de batallas y, cuatro meses después, Carlos VII fue coronado en Reims, cumpliendo la profecía de Juana.
Sin embargo, una vez en el trono, el rey empezó a alejarse de ella, considerándola ya innecesaria.
La captura y el juicio
Un año después de su victoria en Orléans, Juana fue rodeada por refuerzos ingleses. En medio del caos, intentó escapar, pero fue herida por una flecha y capturada.
Aunque Carlos VII ofreció pagar el rescate, finalmente decidió no hacerlo. Juana fue entregada a los ingleses y juzgada en Rouen bajo cargos de herejía.
A los 19 años, fue condenada y quemada en la hoguera.
Legado y rehabilitación
La muerte de Juana marcó el fin de la fase más crítica de la Guerra de los Cien Años, que pronto favoreció a Francia y expulsó a los ingleses.
Décadas después, un nuevo juicio declaró su inocencia y la rehabilitó. En 1920, la Iglesia la canonizó, reconociéndola como santa y mártir.
Conclusión
Juana de Arco, una humilde muchacha de un pequeño pueblo, creyó haber recibido un llamado divino y, con ello, cambió el destino de una nación. Su fe, valentía y sacrificio siguen inspirando a generaciones.