La sociedad feudal de Japón estaba organizada en una jerarquía rígida, donde cada estamento tenía funciones y deberes bien definidos.
El emperador
En la cúspide se encontraba el emperador, considerado descendiente directo de los dioses y símbolo de la unidad nacional. Aunque su autoridad era formalmente suprema, en la práctica el poder real lo ejercían los daimyō, quienes controlaban los recursos y las decisiones políticas.
Los daimyō
Los daimyō eran los señores feudales más poderosos, dueños de vastas extensiones de tierra. Su vida giraba en torno a la competencia por territorio y alianzas, lo que a menudo los llevaba a conflictos armados entre sí. Para mantener su dominio dependían del apoyo de sus samuráis, quienes constituían su fuerza militar.
Los samuráis
Los samuráis formaban la clase guerrera. Entrenados en el arte de la guerra y regidos por el estricto código del bushidō, mostraban una lealtad inquebrantable hacia su daimyō, estando dispuestos a morir en el campo de batalla por él.
Los campesinos
En la base de la pirámide estaban los campesinos, que representaban la mayoría de la población. Su labor consistía en la agricultura y otras tareas rurales. Vivían en condiciones de pobreza, soportaban altos tributos y, en ocasiones, eran obligados a trabajar sin remuneración para los daimyō o los samuráis.
Los marginados
En el extremo inferior estaban los marginados, grupos excluidos de la sociedad como criminales, mendigos y prostitutas. Eran obligados a vivir en comunidades segregadas y se les negaban derechos básicos, sufriendo discriminación constante.