La Revolución Mexicana (1910‑1920) fue un movimiento social y político que transformó al país. Sus raíces se encuentran en tres causas fundamentales:
1. Corrupción política y ausencia de democracia
Durante más de tres décadas, el país estuvo bajo la dictadura de Porfirio Díaz (1876‑1911). Su gobierno se caracterizó por la corrupción generalizada, la falta de libertades políticas y la exclusión de la población del proceso de toma de decisiones. Esta situación generó un creciente descontento entre los mexicanos, que demandaban participación y reformas.
2. Desigualdad económica
El modelo económico favorecía a una élite de terratenientes e industriales que concentraban la mayor parte de la riqueza y los recursos. La mayoría de la población vivía en la pobreza, sin acceso a tierras ni a oportunidades laborales dignas, lo que acentuó la brecha entre ricos y pobres.
3. Inestabilidad social y reclamos campesinos por la tierra
Los campesinos sufrían condiciones de servidumbre, trabajos forzados y deudas impagables. La tierra estaba en manos de latifundios y los trabajadores rurales carecían de derechos sobre ella. Este escenario provocó una fuerte agitación social y una demanda generalizada de reforma agraria.
Estas tres causas convergieron y alimentaron el estallido de la Revolución, cuyo objetivo era lograr justicia social, política y económica.