Durante el periodo colonial español, Filipinas no fue una monarquía. Era una posesión de la Corona española, administrada como una colonia.
El gobierno estaba a cargo de un gobernador‑general, nombrado directamente por el rey de España. Este funcionario ejercía la autoridad suprema en el archipiélago, representando al monarca y supervisando la administración civil, militar y eclesiástica.
Así, el archipiélago no tenía un rey propio ni una dinastía local; su estatus era el de territorio colonial bajo el control del monarca español.