Introducción
Si piensas que el Inca era una entidad de luz, no estás equivocado; en su época y bajo los principios de su sociedad, él también brillaba. Sin embargo, debemos reconocer que era un ser humano, con ambiciones, errores, defectos y virtudes. Un hombre que deseaba dejar una huella en la historia de la humanidad, y así lo logró.
El Sancayhuasi, lugar de tormento para los enemigos del Inca, por Guamán Poma de Ayala
Fuentes y método
Este análisis se basa en datos de Guamán Poma de Ayala, Fray Martín de Murúa y, sobre todo, en las crónicas de Juan de Betanzos, quien vivió en los palacios de la nobleza incaica durante la época colonial en Cuzco. Sus relatos son de primera mano y, a pesar de la época, intenta mantener cierta imparcialidad.
Formas de conquista
Los incas utilizaban dos métodos de expansión:
- Por convicción: negociaban un acuerdo a cambio del dominio sobre el reino.
- Por sumisión: empleaban la fuerza y la guerra.
Cuando la convicción fallaba, el reino era considerado rebelde y se recurría a la violencia. Tras los combates, se agradecía al huaca protector de la guerra, se erigía un templo, se realizaban sacrificios, ceremonias y se fundaban instituciones públicas para reorientar al territorio conquistado.
Castigos “mágicos”, físicos y psicológicos
Los cuerpos de los aliados se llevaban a Cuzco y se entregaban a sus viudas; los de los enemigos, en cambio, se dejaban descomponer en el campo como forma de castigo. Los castigos se dirigían principalmente a las personas de mayor rango.
La cabeza y el camac
Un ejemplo es el señor de Collasuyu, poderoso terrateniente del sur, que fue decapitado. Su cabeza debía ser preservada y decorada, es decir, momificada. En los Andes precolombinos era habitual tomar la cabeza del enemigo como “cámac”, una prisión espiritual que capturaba la fuerza del adversario para reforzar al vencedor. Estas cabezas se exhibían en la galería del Yachayhuasi y formaban parte de los rituales del Inca.
Guerrero inca, reconstrucción realista de Frank Abarca.
Apropiación mágica y reciprocidad
Tras la victoria, se tomaban los despojos —llamados “piña”—: oro, plata, camélidos y los tejidos más finos, a menudo la ropa de los oficiales subyugados. El Inca ordenaba adornarlos con borlas rojas del tamaño de una “jeme” (distancia entre pulgar e índice) como símbolo de sometimiento. Luego pisaba los botines, gesto que los hacía suyos y los consagraba.
Los objetos más hermosos se ofrecían en hogueras a los huacas del Hanan Pacha (Sol y Relámpago), y el resto se distribuía entre sus aliados, como pago por sus servicios. Según relata Murúa, Huayna Cápac una vez retrasó la distribución y sus tropas le dieron la espalda; el Inca tuvo que ceder rápidamente para evitar su abandono.
Tortura psicológica del rojo
Los prisioneros eran obligados a vestir túnicas largas de color rojo, adornadas con grandes borlas, simbolizando la posesión del Inca. Después se les bañaba la cabeza con chicha y se les espolvoreaba masa de maíz mientras cantaban hombres y mujeres que narraban cómo el Inca “vestía de rojo” a sus enemigos. Esta humillación duraba aproximadamente un mes.
Pachacútec, reconstrucción realista de Frank Abarca.
El final y el anonimato
En la conquista del Antisuyu se capturaron felinos, serpientes y, posiblemente, anacondas, animales exóticos que los señores de la selva ofrecían como botín. Estos se mantenían en cavernas oscuras llamadas Sancayhuasi y se utilizaban para culminar los castigos. Tras ayunarlos durante dos días, los prisioneros ataviados de rojo eran arrojados a los animales hambrientos; los que sobrevivían eran despojados y “vacíos” de identidad: se les quitaba el nombre, se les “cusqueñizaba” y se los convertía en yanaconas, sirvientes en casas de huacas o en labores domésticas de los palacios.
Al llegar los españoles, algunos yanaconas aprovecharon para escapar; otros permanecieron al servicio real hasta el fin del virreinato, algunos heredaron pequeñas encomiendas y muchos quedaron olvidados.
Fuente: adrianilaveinca.wixsite.com