Contexto histórico
En el convulso final del siglo IX, la ambición y la venganza llevaron a la Iglesia a cometer una de sus mayores extravagancias: exhumar a un pontífice fallecido para someterlo a juicio. Ese pontífice fue Formoso I, quien murió en 896 después de una vida marcada por decisiones firmes y, a la vez, controvertidas.
Los enemigos de Formoso
Formoso I era considerado, para su época, un papa capaz y de buen juicio. Sin embargo, esas mismas cualidades le granjearon poderosos enemigos, entre ellos la influyente familia de Spoleto. Tras cinco años de tensas luchas políticas, su muerte dejó un vacío que fue rápidamente ocupado por Bonifacio VI, quien falleció apenas quince días después de asumir el trono de San Pedro.
El ascenso de Esteban VII
En mayo de 896, con el respaldo de Lamberto de Spoleto, Esteban VII (también conocido como Stephen VI) fue elegido papa. Esteban, gran adversario de Formoso, vio la oportunidad perfecta para vengarse y desprestigiar al difunto pontífice. Pero, ¿con qué argumentos?
La “trama” legal
Según la normativa canónica de la época, un papa debía ser obispo de Roma. Formoso había sido obispo de otra diócesis antes de su elección, lo que, en la visión de sus opositores, constituía una “irregularidad”. Aprovechando esta supuesta falta, los partidarios de Esteban organizaron el infame sinodo del cadáver. Además, Esteban mismo había incurrido en la misma irregularidad, pues había sido consagrado por Formoso; anular el sinodo le habría permitido exonerarse.
El juicio del cadáver
Tras meses de intrigas y falsedades, en 897 se llevó a cabo la macabra ceremonia. Los obispos‑jueces esperaban un juicio en ausencia del acusado, pero la sorpresa fue mayor cuando el propio cuerpo de Formoso fue exhumado y colocado sobre un estrado. Según relatos de la época, un hombre situado detrás del cadáver imitaba su voz, como si fuera un ventrílocuo. El resultado fue predecible: el difunto fue declarado culpable.
El destino final del pontífice
Tras el veredicto, el cuerpo fue despojado de sus vestiduras papales y arrojado al río Tíber. Sin embargo, la opinión pública y algunos clérigos protestaron, y el sinodo fue anulado poco después. Formoso fue recuperado, reenterrado y, finalmente, sepultado con honores en la Basílica de San Pedro, donde reposó hasta nuestros días.
Fuente: Great Untold Episodes in History – Joseph Cummins