Historia de Europa

Las peripecias de un samurái en el Lejano Oeste

San Francisco y la fiebre del oro

En la década de 1850, San Francisco se había convertido en un crisol de forajidos, colonos, buscadores de fortuna y todo tipo de personajes pintorescos. La fiebre del oro estaba llegando a su fin, pero la ciudad seguía atrayendo a gente de todas partes, como moscas a la miel.

Un samurái en la Barbary Coast

El 1 de marzo de 1860, la gente de la ciudad quedó boquiabierta al ver a un hombre que jamás habían visto: un samurái japonés caminando por los callejones de la Barbary Coast, el distrito rojo de San Francisco. Su nombre era Katsu Kaishu, líder de la primera delegación diplomática que Japón había enviado al exterior desde el siglo XVII.

Las peripecias de un samurái en el Lejano Oeste

El contexto japonés

En aquel entonces Japón estaba bajo el rígido dominio del shogunato Tokugawa, que había mantenido al país aislado durante casi 250 años. Todo cambió en 1853, cuando la flota del comodoro estadounidense Matthew Perry llegó a la bahía de Edo (actual Tokio) y obligó al shogunato a abrir sus puertos al comercio internacional. El golpe de modernidad despertó un fuerte debate interno que culminaría con la caída del shogunato y la restauración del emperador.

La misión de Katsu Kaishu

Katsu, un samurái de origen humilde pero de ideas progresistas, había estudiado navegación con expertos holandeses en Nagasaki y se había convertido en capitán del Kanrin Maru. Ese barco, escoltado por el USS Powhatan, zarpó de Yokohama en febrero de 1860 y llegó a San Francisco al mes siguiente, convirtiéndose en la primera nave japonesa en cruzar el Pacífico.

El objetivo oficial de la delegación era ratificar los tratados firmados con Perry, pero para Katsu era también una oportunidad de observar de cerca la cultura occidental, la democracia estadounidense y la idea de una constitución.

Las peripecias de un samurái en el Lejano Oeste

Una noche en el Barbary Coast

Sin escolta y portando solo sus dos katanas al cinto, Katsu se internó en los laberínticos callejones del Barbary Coast. A diferencia de la imagen romántica del guerrero que desenfunda su espada al menor conflicto, Katsu prefería resolver los problemas con la palabra; él mismo decía que su katana había estado tanto tiempo en la vaina que ya no sabía cómo desenvainarla.

Sin embargo, el ambiente del barrio rojo —con nombres como Murder Point o Dead Man's Alley— y su limitado dominio del inglés hacían improbable que la situación se resolviera con diplomacia. Katsu entró en un salón de mala muerte, pidió una cerveza y se sentó en una mesa, observando con curiosidad el entorno.

Una joven rubia, vestida con un vestido ajustado y con un pequeño derringer escondido, se acercó y entabló conversación. Antes de que pudieran intercambiar muchas palabras, un minero corpulento y maloliente, armado con revólver y machete, se interpuso, exigiendo que la chica se apartara.

Katsu, sin inmutarse, sacó una moneda de plata, pidió otra cerveza y, con una calma que desarmó al agresor, lo invitó a compartir la mesa. El gesto inesperado, sumado a la serenidad del samurái, hizo que el minero bajara la guardia y se sentara a beber. Sin mover la mano de su espada, Katsu había apaciguado al rival.

El legado de Katsu Kaishu

Esa noche fue solo una de las muchas anécdotas que salpican la vida de Katsu. Tras regresar a Japón, se convirtió en mentor de los reformistas, impulsó la modernización naval, fundó la primera escuela de ingenieros y participó activamente en la caída del shogunato. Su visión y carisma lo convirtieron en uno de los protagonistas clave de la Restauración Meiji, que transformó a Japón de un feudalismo aislado a una potencia industrial.

Katsu Kaishu, el samurái que jamás desenvainó su espada, pasó de la Barbary Coast al escenario mundial como uno de los arquitectos de la Japón moderno.

Colaboración de R. Ibarzabal.

Fuentes: Samurai Tales: Courage, Fidelity and Revenge in the Final Years of the Shogun – Romulus Hillsborough