El auge del guano y el salitre en el siglo XIX
En la segunda mitad del siglo XIX la población europea empezaba a sentir los primeros indicios de la teoría de Malthus: la producción de alimentos no crecía al mismo ritmo que la población, lo que amenazaba la seguridad alimentaria. Los suelos del Viejo Continente estaban agotados por décadas de sobreexplotación y erosión.
Fue Gran Bretaña, a partir de la década de 1840, la que descubrió las extraordinarias propiedades fertilizantes del guano. Las colonias de aves marinas que habitaban las islas frente a la costa peruana acumulaban durante siglos enormes montículos de excremento, ricos en nitrógeno, amoníaco, fosfatos y sales alcalinas.
Así nació la fiebre del guano, cuyo comercio convirtió a Perú en el principal proveedor de fertilizante del mundo.
El salitre, la “plata blanca” del Pacífico
Una década después la química agrícola reveló que el salitre (nitrato de sodio) era aún más valioso como fertilizante. Los depósitos de salitre de Tarapacá (peruano) y Antofagasta (boliviano) alimentaron la demanda europea.
«Gracias al salitre y al guano, que reposan en la costa del Pacífico al alcance de los barcos, el fantasma del hambre se alejó de Europa».
Mientras la oligarquía limeña había prosperado históricamente con la plata de Potosí, a partir de entonces sus ingresos dependían de los excrementos de aves y del “blanco brillante” del nitrato.
La Guerra del Pacífico y sus consecuencias
En 1868 la deuda peruana superó con creces los ingresos por exportaciones y el gobierno hipotecó los depósitos de guano, entregando la soberanía de sus recursos a intereses británicos. Los trabajadores, por su parte, vivían en condiciones cercanas a la esclavitud.
Según Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, la explotación del salitre se extendió a la provincia boliviana de Antofagasta, pero el negocio estaba en manos de peruanos y, sobre todo, de chilenos. Bolivia intentó gravar a los explotadores; Chile respondió con una invasión que nunca abandonó.
El conflicto, conocido como la Guerra del Pacífico (1879‑1884), dejó a Perú y Bolivia sin sus principales recursos naturales. ¿Qué ocurrió con los vencedores, Chile?
Chile, la “fábrica británica” del salitre
Al inicio de la guerra, los ingresos chilenos provenían de apenas el 5 % del salitre y el yodo. Una década después esa cifra superó la mitad, gracias a los territorios conquistados. La inversión británica se triplicó y la zona del salitre se transformó en una “fábrica británica”, financiada en su mayor parte por bancos chilenos.
En 1890 Chile destinaba tres cuartas partes de sus exportaciones a Inglaterra y recibía la mitad de sus importaciones de ese país, superando incluso la dependencia que tenía la India colonial.
El presidente José Manuel Balmaceda intentó impulsar una agenda de industrialización, obras públicas y educación, pero su política entró en conflicto con los intereses británicos. En 1891 estalló una guerra civil; los británicos apoyaron a los opositores a Balmaceda, cuyo derrocamiento favoreció sus intereses comerciales.
«No es un secreto que la comunidad británica se muestra satisfecha con la caída de Balmaceda, cuya victoria habría supuesto un grave perjuicio para los intereses comerciales británicos».
El auge del salitre no generó desarrollo interno, sino que profundizó las desigualdades y la vulnerabilidad estructural de la economía chilena.
El proceso Haber‑Bosch y el fin de la era del salitre
En 1909 los químicos alemanes Fritz Haber y Carl Bosch patentaron el proceso Haber‑Bosch, que permite sintetizar amoníaco a partir del nitrógeno atmosférico y producir, posteriormente, nitratos y nitritos a escala industrial. Este método hizo posible la fabricación de fertilizantes sin depender del salitre natural.
Con la disponibilidad de fertilizantes sintéticos, el salitre perdió rápidamente su posición como materia prima esencial en la agricultura mundial. La economía chilena, excesivamente dependiente de ese recurso, entró en un declive que se prolongó durante gran parte del siglo XX.
Así, la química, a través de un descubrimiento tecnológico, acabó derrotando a los vencedores de la Guerra del Guano y el Salitre.
Colaboración
Rafael Ballesteros – IMBALANCES