En la primera entrega de esta serie señalamos que los reinados de Alfredo de Wessex y Alfonso III de Asturias comparten numerosos paralelismos que merecían una segunda parte. A continuación profundizamos en aspectos más amplios y significativos.
6. Creación de un sistema de defensa militar
Ambos monarcas aprovecharon las treguas pactadas con sus rivales musulmanes y daneses para reforzar la posición militar de sus reinos y prepararse para la inevitable reanudación de los conflictos.
Alfonso III utilizó la paz momentánea conseguida tras sus victorias de 878 para consolidar la frontera sur y organizar las tierras repobladas. Entre la sierra Cantábrica y el Duero se erigieron castillos como Luna, Alba, Gordón y La Valcueya; en la costa asturiana, fortalezas en Castrillón y San Martín; y en vías de comunicación claves como Curiel y Tudela. En la capital, Oviedo, se construyeron varias estructuras defensivas.
El desplazamiento hacia el sur de la frontera estuvo marcado por fortalezas en Zamora y Toro (banco del Duero), Simancas y Dueñas (Pisuerga) y la repoblación de los Campos Góticos y Ubierna bajo el conde Diego (882). En el este, Diego fundó una fortaleza junto al río Arlanzón en 884, que se convertiría en Burgos, futura capital de Castilla.
Alfonso también reforzó la organización administrativa y eclesiástica, restaurando obispados visigodos y fomentando el patrocinio de Santiago, la creación de proto‑urbanismos de función político‑militar y la consolidación de centros monásticos.

Alfredo estableció una cadena de ciudades fortificadas de modo que ningún súbdito estuviera a más de 30 km de un refugio. Muchas de estas ciudades se fundaron sobre asentamientos de la Edad del Bronce o romanos. Además, construyó una flota para defender la costa de los escandinavos y un sistema de torres de vigilancia para alertar rápidamente ante un ataque.
7. Sentido religioso
Para ambos monarcas la religión era un pilar esencial de su gobierno, no solo por su fe profunda sino también como poderosa herramienta política contra enemigos de otras creencias.
Alfonso III mantuvo contactos epistolares con la papalidad, que le solicitó ayuda contra la amenaza musulmana en la península italiana y autorizó la construcción de una nueva basílica en Compostela. Restauró obispados y patrocinó la edificación de numerosos monasterios y iglesias, entre ellos San Salvador de Valdediós, San Adriano de Tuñón y San Pedro de Cardeña.
Los monarcas asturianos, a partir de Alfonso III, usaron los centros eclesiásticos para consolidar su poder. Como señala Carvajal Castro, “los monasterios y obispados jugaron un papel fundamental en la integración de los espacios mesetanos en la monarquía asturiana”.

Destaca también la donación de la Cruz de la Victoria a la catedral de Oviedo, símbolo que rememora la cruz de los ángeles entregada por Alfonso II y que hoy representa a Asturias.
Alfredo, criado para una carrera eclesiástica, viajó a Roma de niño y desarrolló una devoción que influyó en su política contra los paganos daneses. Un monje describió su rutina religiosa: asistía a misa diariamente, rezaba en privado y, según algunas fuentes, su sentido cristiano lo llevó a perdonar a Guthrum a cambio de su bautismo, aunque también había motivaciones políticas.
8. Redacción de crónicas históricas
Ambos reyes mostraron gran interés por registrar la historia de sus reinos, aunque el objetivo principal era la propaganda expansionista más que la exactitud histórica.
La primera crónica asturiana del reinado de Alfonso III es la Crónica Albendense (c. 883), conservada en el monasterio de La Albelda. Le siguió la Crónica Alfonsina, atribuida al propio Alfonso o a sus colaboradores, que narra la historia visigoda y asturiana desde Wamba hasta Ordoño I. Existen versiones rotenses y la ad Sebastianum, más cuidada y pulida por un obispo llamado Sebastián.
En Inglaterra, la Crónica anglosajona recoge los hechos desde la retirada romana hasta la conquista normanda (1066). Su redacción se inició bajo el reinado de Alfredo, aunque la fiabilidad de los relatos sobre su propio gobierno es dudosa, pues priorizaba el efecto propagandístico.

9. Sueños de unificación del territorio cristiano
El elemento más significativo de los paralelismos es la aspiración de crear reinos lo más extensos posible, inspirados en modelos de unidad anteriores: Hispania para Alfonso y la Gran Bretaña para Alfredo.
En los años 880, el Emirato de Córdoba se encontraba en decadencia, lo que motivó a Alfonso III a soñar con la recuperación de los dominios visigodos y a reivindicarse heredero de Hispania. Ruiz de la Peña Solar subraya que el concepto de "España" como comunidad unida aparece repetidamente en los textos de Alfonso III.
Al mismo tiempo, en la península surgían otros poderes cristianos (Reino de Pamplona, condados de Aragón, Pallars‑Ribagorza y Barcelona). Estas nuevas fuerzas impulsaron a Alfonso a formular el título Hispaniae rex y a presentar a su hijo Ordoño II como magni imperatori, reforzando sus pretensiones peninsulares.
Alfredo, por su parte, inició la recuperación de territorios cristianos a través de Mercia. En 883 Aethelred juró lealtad a Alfredo y, en 886, el rey delegó la autoridad sobre Londres a Aethelred, una jugada simbólica que mostraba respeto por la tradición merciana y consolidaba la idea de un reino anglosajón unido bajo su mando.
Desde alrededor de 880, los documentos de la corte de Alfredo lo describen como rex Anglorum et Saxonum, y la Crónica anglosajona relata su entrada en Londres (886) como el momento en que "todos los ingleses que no vivían bajo esclavitud danesa depositaron su esperanza en él". La victoria en Edington y los pactos con Guthrum sentaron las bases de una Inglaterra unificada.
Conclusión
Los reinados de Alfredo el Grande y Alfonso III el Grande coincidieron en tiempo y en la confrontación exitosa contra enemigos no cristianos en las antiguas provincias romanas de Britania e Hispania. Ambos ampliaron sus dominios, impulsaron la religión como instrumento político y redactaron crónicas que reflejaban la visión de una Inglaterra y una España cristianas y unificadas bajo su corona. Aunque la completa unificación se logró en generaciones posteriores, sus esfuerzos sentaron las bases para los reyes que les sucedieron.
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