Un hallazgo genético inesperado
Los antiguos griegos, al menos en la Magna Grecia, reclutaban mercenarios de regiones extremadamente lejanas para reforzar sus ejércitos. Un equipo internacional interdisciplinario, encabezado por el genetista David Reich de la Harvard Medical School, ha demostrado que este fenómeno ocurrió durante las guerras de la Sicilia griega del siglo V a.C.
El estudio y sus protagonistas
Los resultados fueron publicados en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de EE. UU. (PNAS). Además de Reich, participaron científicos griegos como Joseph Lazaridis y el profesor Ioannis Stamatogiannopoulos de la Universidad de Washington.
Material analizado
Se secuenciaron los genomas de 54 esqueletos humanos hallados en fosas comunes de los necrópolis de Imera y sus alrededores. Los restos incluyen soldados de entre 18 y 50 años que combatieron en la colonia del norte de Sicilia y civiles de la zona. Como referencia, se compararon con 96 genomas de poblaciones modernas de Italia, Grecia continental y Creta.
Resultados sorprendentes
El análisis reveló una presencia significativa de mercenarios provenientes del norte y centro de Europa –incluyendo la zona del Báltico oriental, hoy Lituania–, así como de las estepas y el Cáucaso. Estos combatientes lucharon al lado de los griegos en la decisiva batalla de Imera de 480 a.C. contra los cartagineses.
Curiosamente, los textos históricos de la época no mencionan a estos soldados extranjeros, lo que sugiere que su papel ha sido subestimado por historiadores y arqueólogos.
Implicaciones para la historia y la arqueología
Los autores subrayan la necesidad de complementar la investigación arqueohistórica con estudios paleogenéticos, pues el ADN antiguo puede ofrecer una visión totalmente nueva del pasado.
Concluyen que los conflictos armados fueron un importante mecanismo de contacto entre culturas muy distintas, facilitando la osmosis cultural y, en algunos casos, la transferencia de genes dentro del mundo helénico.
Mercenarios: viajeros de extremos opuestos
Según los investigadores, «los mercenarios fueron de los viajeros más lejanos del mundo griego (quizá solo rivalizados por los esclavos), poniendo cara a cara a personas de trasfondos culturales y genéticos muy diferentes».
Estos combatientes no solo reforzaron el poderío militar, sino que también formaron parte del intercambio de ideas, costumbres y, potencialmente, de material genético que caracterizó a las ciudades griegas del primer milenio a.C.
El caso de Imera
Imera, fundada alrededor del 648 a.C. por ionios y dorios, albergaba también poblaciones autóctonas sicilianas y etruscas. Fue la colonia griega más occidental del norte de Sicilia y escenario de dos batallas cruciales (480 y 409 a.C.) contra Cartago.
En la segunda contienda, sin aliados, los cartagineses destruyeron la ciudad. El estudio confirmó que los guerreros muertos en 409 a.C. compartían ADN muy similar y no mostraban rasgos de mercenarios, lo que podría haber contribuido a la derrota.
Reacciones de la comunidad científica
La arqueóloga Carrie Sulosky‑Weaver (Universidad de Pittsburgh) describió los hallazgos como «emocionantes» y destacó la capacidad del ADN para iluminar episodios antiguos. La bioarqueóloga Brittney Kyle (Universidad del Norte de Colorado) señaló que «es el caso más claro en que la bioarqueología confirma lo escrito en los textos históricos».
El historiador Franco De Angelis (Universidad de Columbia Británica) resaltó la novedad de que mercenarios recorrieran miles de kilómetros para luchar en una isla del Mediterráneo, algo que «asombrará a la gente». Por su parte, la arqueóloga Gillian Shepherd (Universidad La Trobe, Australia) advirtió que «los griegos probablemente no quisieron reconocer a los mercenarios como responsables de sus éxitos militares».
En resumen, la investigación sugiere que, lejos de ser solo una fuerza divisoria, la guerra actuó como catalizador demográfico y de contactos interculturales, al igual que el comercio y la colonización.