El sueño bizantino de Catalina II
Exactamente hace 190 años se firmó el Protocolo de Londres, mediante el cual Rusia, Gran Bretaña y Francia reconocieron la independencia del nuevo Estado de Grecia. La reincorporación de los griegos al mapa europeo había sido un anhelo de los monarcas rusos, que los veían como hermanos ortodoxos y aliados contra los turcos. Sin embargo, la independencia griega casi le cuesta a los Romanov la propia corona.
Autor: Dmitriy Bavyrin
Fuente: vz.ru
Traducción: SOTIRIS DIMOPOULOS
Los nombres griegos en la dinastía Romanov
Desde 1801 y hasta la caída de la monarquía, los emperadores rusos se llamaron Alejandro o Nicolás. Anteriormente esos nombres no se usaban en la familia Romanov por respeto a la tradición. Esta curiosa “revolución” la inició Catalina II, ordenando que a sus nietos se les dieran nombres griegos: Alejandro (en honor a Alejandro Magno), Konstantinos (por Constantino el Grande) y Nikolaos (de las palabras griegas “victoria” y “pueblo”).
El plan de revivir Bizancio
Catalina tenía un ambicioso proyecto geopolítico: la restauración de Bizancio bajo la forma de un Imperio Griego aliado a Rusia, que expulsaría al Imperio otomano y al Islam de Europa. Desde la perspectiva del siglo XXI puede parecer intolerancia religiosa, pero para Catalina el objetivo principal era el control del Bósforo, que tenía mucho más valor estratégico que cualquier cuestión ideológica.
Catalina consideraba a Konstantinos, su segundo nieto, como el futuro emperador de Grecia, razón por la que le dio ese nombre. Sin embargo, la realización del “plan griego” se retrasó por la fuerte oposición de Inglaterra y Francia, que temían el fortalecimiento ruso.
El estallido de la revolución griega (1821)
Una oportunidad real surgió para Alejandro I a principios de la década de 1820, cuando estalló la revolución en los Balcanes. Es fácil caer en la simplificación de decir que todo fue una maniobra del zar, pero la visión de Catalina ya era conocida en toda Europa.
El primer presidente de la recién declarada República Griega fue Ioannis Kapodistrías, cercano a la corte rusa y ministro de exteriores del Imperio entre 1816 y 1822. La revuelta inició con Alexander Ypsilántis, general del ejército ruso y antiguo ayudante de Alejandro I, y la “Sociedad Amistosa”, con sede en Odessa, actuó como cerebro organizador.
Aunque estos datos parecen señalar una intervención moscovita, la realidad de la década de 1820 muestra que Grecia logró su independencia en contra de la voluntad del zar.
El cambio de postura de Alejandro I
Al final de su vida Alejandro I abandonó el sueño de su abuela y, bajo la influencia de ideas liberales, cayó en la depresión y el reaccionismo. Algunas versiones dicen que fue despojado por la revuelta del regimiento Semyonovsky, que él mismo había comandado.
En cualquier caso, el emperador dejó de ver al Imperio otomano como su principal enemigo y pasó a temer cualquier revolución que pudiera desestabilizar el orden monárquico.
La Alianza Santa (Rusia, Prusia y Austria) surgió tras la derrota de Napoleón como un esquema ideológico para frenar revoluciones, y Alejandro quedó bajo la influencia del canciller austriaco Clemens von Metternich.
La postura ambivalente frente a los ortodoxos
Incluso la crueldad turca contra los griegos ortodoxos no logró alterar la visión del emperador, que ya mostraba poco interés por la ortodoxia y se simpatizaba con los cuáqueros, defensores de la no violencia salvo en defensa propia.
Formalmente Alejandro no se oponía a la independencia griega, pero exigía que sus líderes no se rebelaran ni derramaran sangre, una condición irrealista.
Cuando el patriarca de Constantinopla, Gregorio V, fue asesinado, Rusia rompió relaciones con el sultán pero no apoyó a los rebeldes. Kapodistrías, leal a su patrón, renunció bajo la presión del sentimiento nacional.
Repercusiones internas en Rusia
La actitud de Alejandro generó el rechazo de gran parte de la aristocracia e intelectuales rusas; tanto conservadores ortodoxos como liberales progresistas, incluido Pushkin, llegaron a odiar al “bendito” zar.
En Inglaterra y Francia, la causa griega obtuvo un apoyo masivo, impulsado por la diáspora griega y la moda romántica por todo lo helénico. La historia del poeta Lord George Byron, que financió y combatió por los griegos, es conocida en los libros de texto.
El giro de la política occidental y la llegada de Nicolás I
Presionado por la opinión pública, los círculos británicos y franceses revisaron su postura y buscaron, por un lado, arrastrar a Rusia a favorecer a los griegos y, por otro, impedir que Moscú se fortaleciera en la región.
Tras la ascensión al trono de Nicolás I, la política rusa cambió: el nuevo zar no pudo ignorar la “máquina de carne” otomana contra los cristianos de los Balcanes. Rusia aportó apoyo político a la victoria griega, pero no obtuvo beneficios territoriales.
Gran Bretaña estaba dispuesta a reconocer una Grecia muy pequeña, sin Constantinopla y con escaso valor estratégico, precisamente para evitar que Moscú ganara un aliado potente.
Impacto en la revolución decembrista
El entusiasmo y los lemas de la revolución griega inspiraron a los jóvenes oficiales rusos. El fracaso de la política de la Alianza Santa y la frustración de los ideales liberales desembocaron en la revuelta de diciembre de 1825, conocida como la Revolución Decembrista.
Así, la lucha griega despertó la conciencia de los decembristas, tal como Lenin describió que “despertó a Herzen”.